En esta entrega de Voces, el docente y escritor Julio César Villamizar González nos lleva al San Luis de los caminos de tierra, las noches sin energía eléctrica y los cuentos que se narran con picardía.
La noche que la burra habló
En los tiempos en que el corregimiento de San Luis dormía bajo un manto de penumbras y la única luz la daban las luciérnagas, los mechones de gas y los mitos de pueblo, no había energía eléctrica, pero sí pasiones desbordadas.
Entre los Trupillos, Cardones y los caminos de tierra andaba Don Pello, un campesino de mirada esquiva y caminata nocturna que guardaba un secreto bastante deshonroso. Para él, las penumbras no eran para dormir, sino para salir al acecho en busca de alguna burra dócil a la cual entregarle sus afectos más mundanos y descarados, convencido de que la oscuridad eterna del pueblo sería la cómplice perfecta de sus mañanas de culpa y sus noches de pecado.
Lo que Don Pello no sospechaba era que Doña Gladis, la anciana más rezandera pero también la más versada en las artes oscuras de la hechicería, ya le tenía la puntería tomada.
Una noche de luna llena, valiéndose de brebajes de ampolleta, oraciones al revés y tres vueltas sobre su propio talón, Doña Gladis mutó su anatomía hasta convertirse en una pollina despampanante: una burra de pelaje azabache, lomo firme, pezuñas pulidas y una elegancia tan llamativa que parecía traída de un concurso de belleza equina.
Como era de esperarse, el galán nocturno cayó redondito en el anzuelo.
Al ver semejante ejemplar reluciendo bajo las sombras, a Don Pello se le iluminaron los ojos y se le aceleró el pulso; revestido de una pasión desenfrenada, se quitó su sombrero indiano, desabrochó el pantalón y quedó completamente como Dios lo trajo al mundo, listo para dar rienda suelta a sus bajos instintos. Sin embargo, justo en el preciso instante en que se abalanzaba sobre la criatura para coronar su hazaña, la fastuosa burra giró lentamente la cabeza, lo miró fijamente a los ojos con coquetería maleva y le soltó con voz chillona y humana:
—¡Ay, oite! ¿Y me vas a picar, animal?
El grito de Don Pello se escuchó hasta en los pueblos vecinos mientras corría encuero y despavorido entre los matorrales, jurando no volver a mirar a un animal de cuatro patas en su vida. Pero la historia no terminó con su huida; al día siguiente, Doña Gladis apareció en la plaza del pueblo luciendo una sonrisa misteriosa y un extraño peinado de orejas alzadas que nadie supo explicar. Desde aquella helada noche de espanto, en las esquinas más oscuras de San Luis aún se susurra que los sábados sin luna se escucha el andar firme de unas pezuñas finas, acompañadas de una risa de mujer que busca a los hombres descarados para darles el susto de su vida.
Autor: Julio César Villamizar González.


Deja un comentario