Ética y Valores · Grado undécimo
Propósito: reflexionar sobre la honestidad, la confianza y el respeto al decir la verdad.
Lee el relato y responde las seis preguntas con tus propias palabras. Explica tus ideas y apóyate en la lectura cuando sea necesario. No menciones nombres ni situaciones personales de tus compañeros.
El día en que nadie pudo mentir
Aquel martes, un estudiante de undécimo descubrió que algo extraño estaba pasando.
—¿Por qué no has salido para el colegio? —preguntó su mamá.
—Porque me quedé viendo videos y se me fue el tiempo.
Se quedó quieto. Había pensado decir que estaba buscando un cuaderno, pero no pudo.
En el camino escuchó a un vecino hablar por teléfono:
—No, todavía no he salido. Te dije que iba llegando para que no te molestaras.
Al llegar al colegio, encontró a sus compañeros hablando de lo mismo. Al parecer, estaba ocurriendo en todas partes: nadie podía mentir.
Decidieron hacer una prueba.
—¿Hiciste el taller?
—Copié las respuestas que mandaron al grupo. Hay dos que ni entendí.
Todos se rieron.
—¿Y tú por qué no viniste ayer?
—No tenía ganas. Le dije a mi mamá que no había clase.
Las risas aumentaron. Durante un rato, el salón se convirtió en un interrogatorio. Descubrieron quién se había comido una merienda ajena y quién decía que no había estudiado, aunque llevaba tres días preparándose.
Al principio fue divertido. Después comenzaron las preguntas que nadie quería escuchar.
Una compañera se acercó al grupo.
—¿Por qué hicieron otro grupo de WhatsApp sin incluirme?
Una de sus amigas intentó cambiar de tema, pero terminó respondiendo:
—Porque a veces mandas capturas de nuestras conversaciones a otras personas.
—¿Todos piensan eso de mí?
Nadie respondió. Algunos bajaron la mirada; otros fingieron buscar algo en el bolso.
La joven se fue a sentar lejos del grupo.
En el descanso, el estudiante que había descubierto el fenómeno se acercó a ella.
—¿Tú también crees que no se puede confiar en mí? —le preguntó.
Él quiso decir que no, pero no pudo.
—Una vez te conté un problema de mi casa y al otro día ya lo sabían otros.
—Yo solo se lo dije a una amiga.
—Pero yo te lo había contado a ti.
Ella guardó silencio.
—Me lo hubieras dicho antes —respondió después—. Habría preferido hablarlo así, a solas.
Cuando regresaron al salón, encontraron una discusión. Un muchacho acababa de decirle a otro:
—No te queremos en el equipo porque juegas mal.
Varios se rieron. El compañero dejó el balón junto a una silla.
El docente, que acababa de entrar, preguntó qué estaba pasando.
—Solo le dije la verdad, profe. Hoy nadie puede mentir.
—¿Y para qué se lo dijiste?
El muchacho trató de buscar una respuesta que lo hiciera quedar bien. No pudo.
—Para que los demás se rieran.
Se acabaron las risas.
El docente dejó sus cosas sobre el escritorio y pidió que sacaran una hoja.
—Escriban algo que les gustaría poder decir en el colegio sin que se burlen. No pongan el nombre.
Al principio hubo pocas ganas. Después, las hojas comenzaron a llenarse.
Una decía: «Me ponen un apodo que no me gusta, pero me río para que no sigan molestando».
Otra: «A veces no entiendo y prefiero quedarme callado porque empiezan a decir que eso está fácil».
Una más: «Cuando no llevo para la merienda, digo que no tengo hambre».
El docente leyó varias en voz alta. Esta vez nadie preguntó quién las había escrito.
Al terminar la jornada, la compañera que había quedado por fuera del grupo se acercó al estudiante.
—Sí conté lo de tu casa. No pensé en lo que podía pasar. Perdón.
—Por eso dejé de contarte mis cosas —respondió él.
No arreglaron todo en ese momento, pero caminaron juntos hasta la salida.
A la mañana siguiente, las noticias anunciaron que las personas ya podían mentir otra vez.
En el salón, alguien preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien —respondió un compañero.
El estudiante recordó las hojas del día anterior. Estuvo a punto de seguir hacia su puesto, pero se detuvo.
—¿Seguro? Si quieres, hablamos en el descanso.
Revisa tus respuestas antes de enviarlas. Los resultados los revisa y comparte tu docente.