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    El niño de Zura

    Un relato de Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Hay historias que no están escritas en los libros. Viven en la memoria de los pueblos, pasan de generación en generación y encuentran en cada nueva voz una manera de seguir existiendo.

    La Ciénaga de Zura, en el corregimiento de San Luis, municipio de Tenerife, guarda entre sus aguas historias que durante años han sido contadas por quienes habitan sus alrededores. Relatos que mezclan la memoria, las creencias y los misterios de un complejo lagunar alrededor del cual generaciones enteras han construido parte de su vida.

    Esta es una de esas historias.

    El pescador y la noche

    Cuentan los ancestros que, hace muchos años, un pescador de la región llamado Heráclito Medardo decidió salir a realizar su faena.

    Aunque el cielo estaba nublado, tomó a Azabache, su pequeño burro, y emprendió camino hacia un lugar situado al norte de la isla, conocido como el Rincón del Ahogado.

    Al llegar, bajó sus trasmayos, tomó la canoa, acomodó sus equipos de pesca y navegó hasta la isla de Buenos Aires. Allí lanzó los trasmayos y esperó.

    Después de comer, se dispuso a dormir.

    Pero aquella no sería una noche cualquiera.

    A las doce de la noche, los animales comenzaron a comportarse de manera extraña. Los perros aullaban y las aves producían sonidos inquietantes.

    Heráclito sintió miedo.

    Entonces, de repente, todo quedó en silencio.

    En medio de aquella quietud escuchó algo que lo estremeció:

    el llanto de un niño.

    El niño de la isla

    Asustado, tomó su remo y se dirigió hacia la punta de la isla de Buenos Aires.

    Allí, entre la oscuridad, alcanzó a distinguir la silueta de un pequeño niño.

    —Niño, ¿qué haces aquí? —preguntó.

    —Estaba con mi padre pescando y me dejó aquí abandonado —respondió el pequeño.

    Sorprendido por encontrarlo solo a semejante hora, Heráclito decidió ayudarlo.

    —Bueno, móntate en la canoa. Acuéstate mientras yo saco los trasmayos.

    Terminó de recogerlos y regresó al Rincón del Ahogado. Allí ensilló nuevamente a Azabache, acomodó los peces y sus implementos de pesca y llamó al pequeño:

    —Niño, levántate, que te voy a llevar a tu casa.

    Pero ocurrió algo extraño.

    Cuando el niño intentó subir al anca del burro, Azabache no lo permitió.

    El animal se mostraba inquieto. Heráclito insistió hasta que finalmente Azabache permitió que el pequeño se montara y pudieron emprender el camino.

    Mientras avanzaban, el pescador preguntó:

    —¿Dónde vives?

    —En Tenerife, en una casa blanca con ventanas marrones —respondió el niño.

    La casa blanca

    Cuando iban entrando a la población de Tenerife, los animales volvieron a hacer aquellos extraños ruidos.

    Heráclito comenzó a sentir miedo nuevamente.

    —Niño, ¿dónde dices que vives? —preguntó.

    —En una casa blanca con ventanas marrones.

    Continuaron avanzando hasta que Heráclito divisó una casa que coincidía con la descripción.

    —¿Es en esa casa?

    No hubo respuesta.

    El pescador se volteó para mirar al pequeño.

    El niño ya no estaba.

    Había desaparecido del anca de Azabache.

    Atemorizado, Heráclito bajó del burro y se acercó a la misteriosa casa. Tocó la puerta.

    Una anciana de avanzada edad salió a recibirlo.

    —¿Qué busca, señor? —preguntó.

    Heráclito, todavía desconcertado, respondió:

    —Vine a traer a un niño que encontré abandonado en la ciénaga. Me dijo que vivía aquí, en esta casa.

    La respuesta de aquella mujer lo dejó paralizado.

    Según le explicó, el niño era su bisnieto y había muerto junto con su padre durante una tormenta en la Ciénaga de Zura.

    También le contó que, cada año, durante un Jueves Santo, aquel pequeño se aparecía ante algún pescador que salía a realizar su faena, desobedeciendo las tradiciones cristianas que las comunidades conservaban de generación en generación.

    Al escuchar aquellas palabras, Heráclito se desmayó.

    Cuando despertó, la casa no estaba

    Los habitantes de Tenerife encontraron posteriormente al pescador en un solar enmontado, lleno de basura.

    A su lado estaba Azabache.

    Pero había algo aún más desconcertante:

    allí no había ninguna casa.

    La casa blanca de ventanas marrones había desaparecido.

    Heráclito sobrevivió para contar lo sucedido. Con el paso de los años continuó relatando aquella experiencia, siempre con el mismo temor que le produjo aquella noche.

    Hoy, Heráclito ya ha fallecido.

    Pero su historia continúa.

    Porque alrededor de estas ciénagas todavía sobreviven relatos que hablan de apariciones, misterios y acontecimientos difíciles de explicar. Historias conservadas en la memoria de quienes han vivido junto a sus aguas y que siguen pasando de una generación a otra.

    Quizás esta sea solamente una de ellas.

    ¿Cuántos misterios más guardará la Ciénaga de Zura?


    Sobre el autor

    Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Este relato recoge una de las historias de tradición oral asociadas al complejo lagunar de la Ciénaga de Zura y a las comunidades de su entorno.


    Voces

    Con El niño de Zura abrimos Voces, un espacio para compartir relatos, ideas y creaciones de estudiantes, docentes y demás miembros de nuestra comunidad educativa.

    Porque nuestra institución también se construye con las historias que tenemos para contar.