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  • Sofía Mejía Peña: “Aquí aprendí a ser maestra de verdad”

    Sofía Mejía Peña: “Aquí aprendí a ser maestra de verdad”

    Había apenas sexto y séptimo. Todo funcionaba en la sede de primaria y hasta tuvieron que construir, junto con los padres de familia, un rancho de palma. Era 1995 y Sofía Mejía Peña acababa de llegar a una institución que también estaba aprendiendo a crecer.

    Más de tres décadas después, cuando intenta explicar qué ha significado aquel lugar en su vida, Sofía no habla simplemente de un colegio.

    Lo llama “la mejor universidad por donde he pasado”.

    Porque, como ella misma dice, fue aquí donde aprendió a ser maestra de verdad.

    1995: cuando todo comenzaba a cambiar

    La historia de Sofía en nuestra institución comienza en un momento especial.

    En 1995, durante la administración del alcalde Enoc Guzmán y por aprobación del Concejo Municipal, la antigua Escuela Rural Mixta San Luis pasó a ser el Centro Básico Anuar Rivera Jattar.

    Fue entonces cuando Sofía recibió un nombramiento municipal por necesidad del servicio.

    Llegaba a un lugar pequeño, en plena transformación.

    Su primer día estuvo acompañado por dos sentimientos.

    Por un lado, la emoción de encontrarse como compañeros de trabajo con personas que había conocido durante su propia época de estudiante de bachillerato.

    Por el otro, la inquietud de enfrentarse a un nuevo reto.

    Sofía llegaba para enseñar.

    Probablemente todavía no imaginaba cuánto terminaría aprendiendo ella también.

    Un colegio pequeño y un rancho de palma

    Cuesta imaginar aquella institución mirando solamente lo que existe hoy.

    Todo funcionaba en la sede de primaria y en bachillerato únicamente estaban sexto y séptimo grado.

    Pero entre los recuerdos de Sofía hay una imagen que parece resumir aquellos primeros años.

    Un rancho de palma.

    Lo hicieron junto con los padres de familia.

    Quizás hoy pueda parecer solamente una construcción sencilla. Pero visto desde la distancia, aquel rancho cuenta también una historia: la de una comunidad que no esperaba a tenerlo todo para comenzar a construir.

    Había necesidades.

    Había pocos recursos.

    Pero también había padres de familia, docentes y una comunidad dispuesta a trabajar.

    Todavía faltaba mucho para llegar a la institución que conocemos hoy.

    Pero ya estaban poniendo, literalmente con sus propias manos, una parte de sus cimientos.

    “Eran más grandes que yo”

    Más de tres décadas dentro de una escuela inevitablemente dejan anécdotas.

    Sofía recuerda que en aquellos primeros tiempos existía mucha unión. Los estudiantes tenían confianza con sus profesores, pero conservaban un profundo respeto por ellos.

    Aunque eso no significaba que no ocurrieran situaciones inesperadas.

    Un día, dos estudiantes comenzaron a pelear.

    Sofía tenía que intervenir.

    Solo había un pequeño problema.

    Las dos muchachas eran más grandes que ella.

    Y Sofía recuerda que en aquellos años, además, era bastante delgada.

    Así que tomó una decisión muy práctica:

    esperó.

    Dejó que las dos se separaran por sí mismas.

    Cuando finalmente terminó la pelea, entonces sí apareció la autoridad de la profesora:

    las llevó a rectoría.

    Hoy aquella escena pertenece a esas historias que los años permiten contar con una sonrisa.

    Porque la vida de un maestro también se construye con momentos así: inesperados, imperfectos y profundamente humanos.

    Ver cambiar las oportunidades

    Pero los grandes cambios que Sofía ha presenciado no están solamente en los edificios.

    Están también en las personas.

    Recuerda que los estudiantes de aquellos primeros años tenían un buen desempeño académico. Sin embargo, muchos contaban con pocas oportunidades para continuar estudiando.

    Con el paso de los años esa realidad comenzó a cambiar.

    Y hoy Sofía puede mirar a su comunidad y encontrar algo que seguramente habría sido mucho más difícil imaginar en aquel pequeño colegio de 1995:

    muchos de sus antiguos estudiantes son ahora profesionales.

    Otros construyeron sus familias y se convirtieron en padres y madres responsables.

    Aquellos muchachos crecieron.

    Y algunos todavía vuelven a encontrarse con su antigua profesora.

    Un primero de enero

    Hay un momento que Sofía menciona entre los más felices de su vida como docente.

    No ocurre dentro de un salón.

    No hay tablero.

    No hay cuadernos.

    No hay notas que colocar.

    Ocurre cuando llega al pueblo un primero de enero.

    Entonces empiezan los encuentros.

    Aparecen rostros conocidos.

    Son sus antiguos estudiantes.

    Pero ya no son aquellos niños y jóvenes que alguna vez estuvieron sentados frente a ella.

    Han pasado los años.

    Ahora algunos son profesionales.

    Otros son padres y madres de familia.

    Tienen trabajos, responsabilidades, familias y sus propias historias que contar.

    Y cuando encuentran a Sofía, se alegran de verla.

    Ella también se alegra de encontrarlos.

    Quizás pocas cosas puedan explicarle mejor a un maestro el verdadero tamaño de su trabajo.

    Porque enseñar muchas veces significa sembrar sin saber exactamente qué ocurrirá con aquello que se sembró.

    Los estudiantes salen del salón.

    Terminan el año.

    Cambian de grado.

    Se gradúan.

    Se marchan.

    Y la vida continúa.

    Hasta que muchos años después, un primero de enero, alguno vuelve a aparecer frente a aquella profesora.

    Ya adulto.

    Y todavía la recuerda.

    Tal vez ese sea uno de los reconocimientos más grandes que puede recibir un maestro.

    El día en que el pueblo tuvo que levantarse

    No todos los recuerdos son felices.

    Entre los momentos que dejaron una profunda huella en Sofía está una creciente que afectó duramente a la población.

    Recuerda la tristeza de observar cómo había quedado el pueblo después de aquella emergencia.

    Pero de aquel momento difícil también surgió una enseñanza que todavía conserva:

    la importancia de unirse para salir adelante.

    Porque una escuela nunca está completamente separada de la comunidad que la rodea.

    Sufre con ella.

    Celebra con ella.

    Y cuando llegan los tiempos difíciles, también aprende a levantarse con ella.

    Ellos también le enseñaron

    Después de tantos años sería fácil escoger algunos nombres.

    Sofía prefiere no hacerlo.

    Cuando piensa en los estudiantes que han pasado por sus aulas, siente que todos, unos más que otros, han contribuido de alguna manera a mejorar su labor como docente.

    Y esa idea cambia por un momento nuestra manera de mirar la escuela.

    Siempre hablamos de todo lo que un maestro puede enseñarle a un estudiante.

    Pero pocas veces pensamos en todo lo que los estudiantes terminan enseñándole a su maestro.

    Cada grupo deja algo.

    Cada generación transforma un poco al docente que la acompaña.

    Y después de tantos años, la profesora que entra al salón ya no es exactamente aquella joven que llegó en 1995.

    También ella ha sido formada por cientos de estudiantes.

    “Es el mejor lugar para trabajar”

    Sofía continúa hablando de la institución con un cariño que no necesita demasiadas explicaciones.

    De hecho, cuando piensa en los docentes que llegan por primera vez, tiene para ellos un mensaje sencillo:

    “Es el mejor lugar para trabajar”.

    Pero hay otra frase que resume todavía mejor toda su historia.

    Cuando se le preguntó qué ha significado para ella la institución, respondió:

    “La institución significa para mí la mejor universidad por donde he pasado, porque es aquí donde aprendí a ser maestra de verdad”.

    Y quizá ahí está lo más hermoso de esta historia.

    Sofía llegó en 1995 pensando que venía a enseñar.

    Llegó cuando apenas había sexto y séptimo.

    Cuando todo funcionaba en la sede de primaria.

    Cuando docentes y padres de familia construían juntos un rancho de palma.

    Desde entonces vio crecer la institución.

    Vio cambiar generaciones.

    Vio cómo aquellos estudiantes que antes tenían pocas posibilidades de continuar estudiando comenzaron a convertirse en profesionales.

    Y todavía tiene el privilegio de encontrarse con algunos de ellos cada primero de enero.

    Han cambiado los edificios.

    Han cambiado los estudiantes.

    Ha cambiado la comunidad.

    Y también cambió aquella joven profesora que llegó inquieta ante un nuevo reto.

    Porque mientras Sofía enseñaba Ciencias, letras, números o cualquier lección que correspondiera a sus estudiantes, había otra escuela funcionando silenciosamente para ella.

    La escuela de los días buenos.

    La de las dificultades.

    La de los compañeros.

    La de los estudiantes.

    La de aquella creciente.

    La del rancho de palma.

    La de los exalumnos que regresan convertidos en adultos y todavía se alegran de verla.

    Por eso, después de más de tres décadas, Sofía puede mirar hacia atrás y decir que el Anuar Rivera Jattar fue también su universidad.

    No porque aquí haya obtenido un título.

    Sino porque fue aquí, entre generaciones de estudiantes, donde recibió una de las enseñanzas más importantes de su vida:

    aprendió a ser maestra de verdad.

    — Sofía Mejía Peña

    Historias que enseñan · Tercera entrega