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  • Su primer día comenzó con un regaño: la historia de Ludis Peña en nuestra institución

    Su primer día comenzó con un regaño: la historia de Ludis Peña en nuestra institución

    Hay primeros días que se recuerdan por los nervios, por conocer nuevos compañeros o por entrar por primera vez a un salón. El de Ludis Peña Álvarez comenzó con un regaño.

    Era 2009. Ludis acababa de llegar a la institución después de obtener su plaza mediante concurso de méritos. Al presentarse, el coordinador le llamó la atención porque no había llegado a su lugar de trabajo el mismo día de su nombramiento.

    Una anécdota que hoy forma parte de una historia que ya suma 17 años.

    La escuela que encontró

    La institución de aquellos años era diferente. Ludis recuerda espacios físicos más sencillos y una dinámica escolar que dependía mucho más de recursos tradicionales y manuales.

    Desde entonces ha sido testigo de cambios en la infraestructura, la tecnología y los procesos pedagógicos.

    También ha visto cambiar a los estudiantes. Hoy los encuentra más participativos, con acceso a una enorme cantidad de información y con un pensamiento muy dinámico. Sin embargo, después de tantos años frente a ellos, considera que hay algo que permanece:

    “Siguen conservando esa misma necesidad de ser escuchados, guiados y comprendidos”.

    El día de los totumos

    Entre los recuerdos que Ludis ha acumulado durante estos años hay uno que difícilmente puede olvidar.

    Ocurrió en 2013, cuando tenía a su cargo el grado segundo. Entre sus estudiantes había un niño repitente, de mayor edad que sus compañeros, que todavía presentaba dificultades para leer. Al niño no le gustaba entrar a clases y con frecuencia se escondía.

    Ludis comenzó entonces una pequeña rutina: preguntaba a los demás estudiantes si lo habían visto y, cuando le indicaban dónde estaba, salía a buscarlo para llevarlo al salón.

    El estudiante pronto se dio cuenta de lo que ocurría y cambió de estrategia. Comenzó a llegar tarde, procurando que sus compañeros no lo vieran y así evitar que la profesora saliera a buscarlo.

    Hasta que un día apareció después del recreo queriendo entrar al salón.

    Esta vez Ludis decidió no permitirle el ingreso.

    —No, señor. Usted hoy no va a entrar al salón. Usted nada más quiere entrar después del recreo —recuerda haberle dicho.

    El niño se fue hacia la parte posterior del aula, donde había unos palos de totumo. Tomó dos frutos y los lanzó desde afuera hacia los calados del salón.

    Los totumos se estrellaron allí.

    Y toda la masa terminó cayéndole encima a la profesora.

    Han pasado muchos años desde aquel episodio. Hoy forma parte de esas situaciones inesperadas que también ocurren en una escuela y que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en anécdotas imposibles de olvidar.

    Un grupo que dejó huella

    Entre tantas generaciones que han pasado por su salón, hay otra historia que Ludis recuerda especialmente.

    En una etapa posterior de su recorrido por la institución, recibió en primero de primaria a un grupo de niños con dificultades académicas y de comportamiento. Era un grupo que representaba un reto, pero Ludis decidió acompañarlo durante un proceso que terminó extendiéndose por tres años.

    Estuvo con ellos en primero, segundo y tercero.

    No fue un cambio inmediato. Hubo que orientar, insistir y confiar. Con el tiempo comenzó a observar mejoras tanto en su desempeño académico como en su comportamiento.

    Después llegaron otros grados, otros profesores y nuevas etapas. Aquellos niños siguieron creciendo dentro de la institución.

    Y el tiempo pasó.

    En 2025, Ludis tuvo la satisfacción de ver graduarse a aquellos estudiantes que años atrás había acompañado durante sus primeros grados de primaria.

    Para ella, aquel momento tuvo un significado especial: era encontrarse, muchos años después, con el resultado de un proceso en el que había intentado sembrar confianza y acompañarlos en una etapa importante de sus vidas.

    Las pequeñas cosas que hacen grande la docencia

    Cuando se le pregunta por los momentos más satisfactorios que ha vivido en la institución, Ludis no habla de grandes eventos ni reconocimientos.

    Prefiere recordar esos instantes cotidianos que ocurren dentro y fuera del salón: la mirada de un estudiante cuando finalmente logra comprender un concepto que le parecía difícil, escuchar un “gracias, profe” espontáneo o encontrarse años después con un exalumno que todavía recuerda con afecto su paso por su vida.

    Para ella, son esos momentos los que terminan confirmando que el esfuerzo ha valido la pena.

    “Lo que se siembra con amor siempre da fruto”.

    Compañeros que terminaron siendo amigos

    Diecisiete años en una institución no solamente dejan recuerdos de estudiantes y salones. También permiten construir relaciones que terminan trascendiendo lo laboral.

    Ludis habla con especial cariño de compañeros que, con el paso de los años, se convirtieron en amigos: personas con quienes ha compartido risas, momentos difíciles y buena parte de la vida cotidiana de la escuela.

    Entre ellos menciona a Luis Amador, Víctor Castañeda, Dayan Puccini y Elvira Tetay, a quienes considera grandes amigos y parte importante de su recorrido por la institución.

    En sus propias palabras, han sido “cómplices de risas, paños de lágrimas en los días difíciles y un apoyo incalculable en la labor diaria”.

    Si pudiera regresar a aquel primer día…

    Si Ludis pudiera regresar a 2009 y encontrarse con aquella docente que apenas llegaba a la institución —la misma que comenzó su historia recibiendo un regaño del coordinador— tendría varias cosas que decirle.

    Le diría que respirara profundo.

    Que no tuviera miedo de equivocarse, porque cada error terminaría convirtiéndose en una lección. Que disfrutara cada etapa sin afán, tuviera paciencia y confiara en su vocación.

    Pero, sobre todo, le recordaría que cada esfuerzo, incluso aquel que en determinado momento puede parecer pequeño, tiene la posibilidad de dejar una huella en la vida de un estudiante.

    Han pasado 17 años desde aquella llegada.

    Durante ese tiempo Ludis ha visto cambiar la institución, ha conocido distintas generaciones, ha enfrentado días difíciles y otros que hoy provocan una sonrisa; ha hecho amigos y ha podido ver convertirse en bachilleres a niños que alguna vez tuvo frente a ella en los primeros grados de primaria.

    Para Ludis, ser parte de esta institución ha sido también parte de su propio crecimiento.

    Aquí, asegura, ha crecido profesional y personalmente. Aquí ha entregado buena parte de sus mejores años. Y aquí encuentra la satisfacción de mirar atrás y sentir que su paso por las aulas ha valido la pena.

    Por eso, cuando le pedimos resumir en una sola frase lo que la institución ha significado en su vida, respondió:

    “Mi gran proyecto de vida hecho aula, amor y aprendizaje”.

    — Ludis Peña Álvarez

    Historias que enseñan · Primera entrega