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  • Rosa y Jazmín, un cuento de Maryoris Padilla Vélez

    Rosa y Jazmín, un cuento de Maryoris Padilla Vélez

    Rosa acostumbraba llevarle flores a su abuelita cada vez que visitaba el parque. Un día encontró una flor que nunca había visto y, cuando se acercó a recogerla, escuchó una voz.

    «Rosa y Jazmín» es un cuento escrito por Maryoris Padilla Vélez, docente de otra institución que comparte su historia en Voces. Nos alegra que este espacio también empiece a recibir las creaciones de personas más allá de nuestra comunidad educativa.

    Rosa y Jazmín

    Hace mucho, mucho tiempo, había una niña llamada Rosa a quien le gustaba jugar en el parque. Uno de sus pasatiempos favoritos era arrancar las florecitas que adornaban el hermoso jardín para regalárselas a su abuelita, a quien quería mucho.

    Con el pasar de los días, Rosa decidió volver al parque con la intención de llevarle más flores a su abuelita. Al llegar, se sorprendió con el brillo de una flor que nunca antes había visto.

    —¡Oh, qué flor más linda! Seguramente a mi abuelita le va a encantar —pensó.

    Entonces se acercó para tomarla. Pero, al agacharse, escuchó una voz fuerte:

    —¡Detente, no lo hagas!

    Muy sorprendida, preguntó:

    —¿Quién anda ahí?

    Rosa miró a todos lados y volvió a escuchar la voz:

    —¡Hola! Mi nombre es Jazmín. Soy la flor guardiana de este lindo jardín. Y tú, ¿cómo te llamas?

    —Mi nombre es Rosa. ¡No sabía que las flores podían hablar! —contestó, todavía asustada.

    Jazmín, al verle el rostro, le dijo:

    —Entonces seguramente no te has dado cuenta de lo tristes que nos ponemos cada vez que vienes a arrancarnos. ¿A quién le llevas tantas flores todos los días?

    —Lo hago para hacer feliz a mi abuelita. ¡No sabía que las flores podían sentir algo! —respondió Rosa, entristecida.

    Todo quedó en silencio por un momento. Luego Jazmín le dijo:

    —¡Mira a tu alrededor! ¿Cuántas flores ves en este jardín?

    Al observar, Rosa se dio cuenta de que solo quedaban unas pocas flores. Tal vez solo podría llevarle flores a su abuelita una vez más. Entonces respondió con rabia:

    —¡Ya se están acabando! ¿Acaso es culpa mía que no haya más? ¡Iré a otro parque a buscar flores para mi abuelita!

    Jazmín, muy sorprendida, le preguntó:

    —¿Te has preguntado qué harías si ya no hubiera flores en este jardín ni en ningún otro? ¿Cómo harías feliz a tu abuelita?

    —No, no lo sé. Seguramente mi abuelita me dirá qué otra cosa le gusta —contestó Rosa, furiosa.

    —¿Acaso no te has dado cuenta de que nosotras, las flores, somos vida y le brindamos esplendor a la naturaleza? Todos los seres vivos sentimos dolor, pero también amor; lloramos y reímos. Gracias al cuidado de las personas que llegan a este jardín podemos estar tan hermosas que hasta a tu abuelita le gustamos.

    Jazmín continuó:

    —Nosotras sentimos mucho porque tenemos vida. Cada parte que tenemos se parece a una parte de tu cuerpo: tus pies son mis raíces, tu cuerpo es mi tallo, tu rostro es mi cáliz y tu cabello son mis pétalos.

    Al ver la cara de preocupación de Rosa, le dijo:

    —Las flores nacemos pequeñas y frágiles, como tú. Por eso hay que cuidarnos. Cuando nos arrancas, nos quitas la posibilidad de continuar viviendo. Cada vez que arrancas una parte de nosotras es como si te pegaran. ¿Cierto que tú también sientes dolor cuando te pegan?

    —¡Claro que sí! —contestó Rosa.

    Jazmín, angustiada por la respuesta que pudiera darle, preguntó:

    —Rosa, dime: ¿te gustaría que nosotras desapareciéramos?

    —¡No, claro que no! Mi abuelita se pondría muy triste —respondió Rosa.

    Pasados unos minutos, Rosa le preguntó:

    —¿De qué otra forma podría hacer feliz a mi abuelita si ya no le puedo llevar más flores?

    Jazmín, un poco más tranquila, le dijo:

    —Hay muchas formas. ¡Quizás a tu abuelita le guste mucho más cuidar de nosotras!

    —¡Sí, sí! Seguro le va a encantar venir al parque a cuidarlas y verlas todos los días —respondió Rosa, muy contenta.

    Se levantó con entusiasmo y anunció:

    —¡Enseguida voy a ir por ella!

    —¡Espera, aún no te vayas! Tengo que pedirte un favor: cuando llegues a la casa de tu abuela, trae todas las flores que aún estén con vida para que vuelvas a colocarlas aquí —dijo Jazmín.

    —Sí, claro que lo haré. Además, les diré a todos mis amigos que vengan al parque para cuidarlas y traer muchas más flores. ¡Así este jardín será el más hermoso! —contestó Rosa.

    —¡Qué alegría me da que digas eso y que hayas podido entender lo importantes que somos nosotras! —dijo Jazmín—. Cada árbol es vida y las plantas les brindamos a las personas oxígeno, que es lo que tú puedes respirar. Por eso, siempre siembra, riega y cuida toda la naturaleza para que ella pueda brindarte su hermosura.

    —¡Sí, por supuesto que lo haré! Te prometo que cuidaré de ustedes y se lo haré saber a todoooooo el mundo, para que también las cuiden y no lleguen a dañarlas como inconscientemente lo hacía yo.

    Jazmín le dio una gran sonrisa a Rosa y así se despidieron.

    Muy contenta de haber hablado con ella, Rosa llegó a la casa de su abuelita para contarle todo lo que aquella pequeña flor le había enseñado sobre las plantas y lo importantes que son para nosotros. Le dijo que ya no podía regalarle más flores, pero le prometió llevarla todos los días a verlas en el jardín.

    Y así, Rosa y su abuela iban todas las tardes a cuidar las flores, entendiendo la importancia y el valor de todas las plantas.

    Por eso, niños y niñas, debemos cuidar siempre toda la naturaleza para que podamos vivir mejor.

    Cuidando tu planeta, cuidas tu existencia.

    Autora: Maryoris Padilla Vélez, docente invitada.