Etiqueta: tradición oral

  • La mala hora, un relato de Dayan Puccini Florez

    La mala hora, un relato de Dayan Puccini Florez

    Una noche de luna nueva, un niño salió a hacer un mandado por las calles de Plato. Venía de escuchar historias de espantos y sabía que, antes de llegar a su destino, debía cruzar el puente del Carito. En «La mala hora», el docente Dayan Puccini Florez recuerda lo que vio aquella noche y el miedo que sintió al acercarse.

    La mala hora

    Yo tendría unos nueve o diez años cuando ocurrió. Vivíamos en Plato, Magdalena, en una época en que las calles no tenían alumbrado público. De noche, uno se guiaba por los bombillos que algunas personas dejaban encendidos en las puertas de sus casas.

    Aquella noche había estado reunido con mis amiguitos hablando de historias de espantos y de aparatos, como llamábamos a esos episodios paranormales. Todavía tenía esas historias en la cabeza cuando mi mamá me mandó a hacer un mandado donde el señor Juan Henao.

    Su casa quedaba a unas cuatro o cinco cuadras. Antes de llegar tenía que pasar por la tienda del señor Meriño, frente al estadio del Siete. Era una esquina muy concurrida, y pensé que encontraría gente allí; eso me alentaba un poco. Pero aquella noche la tienda ya estaba cerrada. Era noche de luna nueva y la calle estaba en penumbra. Seguí caminando, cada vez más inquieto.

    Para llegar a la casa del señor Juan debía cruzar el puente del Carito, sobre el arroyo del mismo nombre. Al llegar al puente, miré hacia su casa. Entre esa casa y la de la esquina había un lote; detrás se abría un callejón. Allí vi algo que me detuvo en seco: una figura grande, negra, de más de dos metros de altura. Tenía unos brazos enormes que parecían llamarme. Sus ojos, encendidos como carbones, parpadeaban en la oscuridad.

    Me quedé paralizado. Después de todas las historias que habíamos contado, pensé que se me había aparecido la mala hora.

    La figura que vi desde el pue e del Carito. Dibujo original de Dayan Puccini Florez
    La figura que vi desde el puente del Carito. Dibujo original de Dayan Puccini Florez

    En ese momento pasó un vecino y me preguntó qué hacía por allí. Le dije que iba donde el señor Juan Henao, y él se ofreció a acompañarme. Ya no estaba solo, pero tampoco podía dejar de mirar hacia el callejón.

    El vecino me preguntaba por mi familia y por mis papás. Yo contestaba apenas sí o no. Mi corazón latía con fuerza y mi atención seguía puesta en aquella figura. Mientras avanzábamos, la miraba una y otra vez.

    Pero con cada paso también cambiaba el ángulo desde el que la veía. Primero dejaron de parecerme tan claros sus brazos. Después empecé a distinguir qué había detrás de sus ojos.

    La figura era una hoja de una mata de plátano que se ondeaba con la brisa. Detrás había un bombillo amarillo, muy tenue, que aparecía y desaparecía cada vez que la hoja se movía. Desde el puente, todo junto me había parecido un gigante negro que me llamaba.

    Seguí caminando con el vecino hacia la casa del señor Juan. Ya sabía qué había en el callejón, aunque el corazón todavía no terminaba de calmarse.

    Texto e ilustración: Dayan Puccini Florez, docente de la IE Ánuar Rivera Jattar.

  • Los sueños de mi tía, un relato de Humberto Orozco Vega

    Los sueños de mi tía, un relato de Humberto Orozco Vega

    En «Los sueños de mi tía», Humberto Orozco Vega, docente de lenguaje de grado octavo, comparte una historia de su familia donde los sueños y los saberes populares se entrelazan. El relato forma parte de «Recuerdos heredados», su recopilación de cuentos, y hoy lo compartimos en Voces, que suma miradas docentes y comunitarias.

    Los sueños de mi tía

    Ella sentía las miradas saliendo desde aquella parte de la habitación y que le golpeaban su nuca, un instante antes de arroparse de pies a cabeza y apretar los ojos, los dientes y también el rosario entre sus manos, fruto del miedo. Esto sucedió un minuto antes de que el tiempo tomara una velocidad inusualmente lenta, tanto que las gotas en el techo de láminas metálicas sonaban como una marcha fúnebre y no como la melodía que ella escuchaba las mañanitas de Corcovado.

    Todo había empezado una mañana en que despertó con la certeza inaudita de que sabía el origen y la cura de las enfermedades puestas y supuestas de toda su familia. Comenzó a dar órdenes de hacer bebidas de paico y ajo para el Negro y Jairo, quienes en sus barrigas claritas, gracias a los teteros de agua de azúcar, albergaban bolas de lombrices.

    —No se necesita ser médico para saber que eso es lombriz —dijo mi abuela.

    Pero sí la tomaron en serio el día que, con autoridad, preguntó quién había traído ese plato de peltre blanco, de borde azul difuminado y una rosa roja en el fondo, que se descubrió cuando ella misma tiró la comida al traspatio. Nunca nadie supo quién la había preparado. Lo que no calculó ella fue que al día siguiente la despertó un grito fuerte y pausado:

    —¡Oh, Rebe, ven a ve! —dijo María.

    Las gallinas que habían comido el misterioso manjar se miraban con el cuello largo, sus patas flacas, pero su estómago inflado como un balón de baloncesto. Al mediodía estaban más postradas y al anochecer murieron.

    Desde aquel día mi tía recetaba buchadas para el dolor de muelas, cola de caballo pa los riñones, baño con matarratón pal mal de ojos, sal de glober pa los paños en la cara, aceite de hígado de bacalao para los que se apretaban y cuanto remedio había en la botica del barrio arriba. Así fue como la noticia no soportó los linderos de la casa y comenzó a rodar el rumor de que Rebe curaba. Primero llegaron las amigas con desarreglos menstruales y las parejas que no podían tener hijos, hasta que la noticia desbordó los límites del pueblo.

    Aquel don comenzó con una inocente reunión de chicas que querían preguntar por su pasado, que no era mucho; por su presente, que es efímero, y por su futuro incierto. Esa noche mi tía, sin recordarlo hasta mucho tiempo después, soñó con un joven médico que en susurros le dictaba los trastornos de la salud y las curas para las personas. Al tiempo que se hizo consciente de que lo que soñaba se replicaba en la realidad, tomó la costumbre de dormir con papel, lápiz y una lámpara encendida para anotar todo lo que soñaba en el mismo instante que lo hacía. Lo único que no recordaba nunca era la cara del hombre que le daba su sabiduría.

    Pero como no hay deuda que no se cobre y todo tiene su fin bajo el sol, una noche el joven de costumbre se presentó en sus sueños.

    —Hola, Rebe —le dijo.

    —Hoy te escucho raro —contestó mi tía.

    —Es que ya me voy. Pídeme un último favor —y la miró.

    —Que me digas quién eres, por qué me escogiste a mí y por qué no recuerdo tu cara cuando despierto —le contestó ella.

    —Mi nombre es fulano de tal (mi tía nunca lo dijo). Soy un médico que morí muy joven y en este sitio donde yo estoy estaba tu abuelita. Me dijo que tú tenías muchos problemas y, como ya estás mejor, mi tiempo se acabó. Pero si quieres verme, esta noche coloca una bañera con agua; en el fondo colocas un espejo y te duermes. Cuando yo llegue por la madrugada, tú me sentirás, mirarás en el recipiente y verás mi cara.

    Mi tía, una mujer valiente, despertó, fue a su trabajo, compró todo según las especificaciones y lo colocó en la esquina oriental del cuarto. A las nueve de la noche se acostó maravillada porque al fin conocería al joven que la visitaba en sus sueños y nunca recordaba al día siguiente. La emoción la mantenía en vilo y sintió cómo la respiración de cada una de las hermanas con las cuales compartía cuarto iba cambiando de despiertas a entre dormidas y, al final, caían en sueño profundo. Esto lo notó hasta que ya fue ella la dormida y, aun en sus sueños, se mostraba ansiosa por el suceso que esperaba.

    Fue así como, a altas horas de la madrugada, tal como él le había dicho, sintió la presencia a su espalda. La impaciencia se tornó en miedo y solo pudo apretar sus ojos, apretar sus manos y esperar la mañana, y nunca más saber de él.

    Autor: Humberto Orozco Vega, docente de lenguaje de grado octavo.
    Obra: «Recuerdos heredados», recopilación de cuentos.

  • El niño de Zura

    El niño de Zura

    Un relato de Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Hay historias que no están escritas en los libros. Viven en la memoria de los pueblos, pasan de generación en generación y encuentran en cada nueva voz una manera de seguir existiendo.

    La Ciénaga de Zura, en el corregimiento de San Luis, municipio de Tenerife, guarda entre sus aguas historias que durante años han sido contadas por quienes habitan sus alrededores. Relatos que mezclan la memoria, las creencias y los misterios de un complejo lagunar alrededor del cual generaciones enteras han construido parte de su vida.

    Esta es una de esas historias.

    El pescador y la noche

    Cuentan los ancestros que, hace muchos años, un pescador de la región llamado Heráclito Medardo decidió salir a realizar su faena.

    Aunque el cielo estaba nublado, tomó a Azabache, su pequeño burro, y emprendió camino hacia un lugar situado al norte de la isla, conocido como el Rincón del Ahogado.

    Al llegar, bajó sus trasmayos, tomó la canoa, acomodó sus equipos de pesca y navegó hasta la isla de Buenos Aires. Allí lanzó los trasmayos y esperó.

    Después de comer, se dispuso a dormir.

    Pero aquella no sería una noche cualquiera.

    A las doce de la noche, los animales comenzaron a comportarse de manera extraña. Los perros aullaban y las aves producían sonidos inquietantes.

    Heráclito sintió miedo.

    Entonces, de repente, todo quedó en silencio.

    En medio de aquella quietud escuchó algo que lo estremeció:

    el llanto de un niño.

    El niño de la isla

    Asustado, tomó su remo y se dirigió hacia la punta de la isla de Buenos Aires.

    Allí, entre la oscuridad, alcanzó a distinguir la silueta de un pequeño niño.

    —Niño, ¿qué haces aquí? —preguntó.

    —Estaba con mi padre pescando y me dejó aquí abandonado —respondió el pequeño.

    Sorprendido por encontrarlo solo a semejante hora, Heráclito decidió ayudarlo.

    —Bueno, móntate en la canoa. Acuéstate mientras yo saco los trasmayos.

    Terminó de recogerlos y regresó al Rincón del Ahogado. Allí ensilló nuevamente a Azabache, acomodó los peces y sus implementos de pesca y llamó al pequeño:

    —Niño, levántate, que te voy a llevar a tu casa.

    Pero ocurrió algo extraño.

    Cuando el niño intentó subir al anca del burro, Azabache no lo permitió.

    El animal se mostraba inquieto. Heráclito insistió hasta que finalmente Azabache permitió que el pequeño se montara y pudieron emprender el camino.

    Mientras avanzaban, el pescador preguntó:

    —¿Dónde vives?

    —En Tenerife, en una casa blanca con ventanas marrones —respondió el niño.

    La casa blanca

    Cuando iban entrando a la población de Tenerife, los animales volvieron a hacer aquellos extraños ruidos.

    Heráclito comenzó a sentir miedo nuevamente.

    —Niño, ¿dónde dices que vives? —preguntó.

    —En una casa blanca con ventanas marrones.

    Continuaron avanzando hasta que Heráclito divisó una casa que coincidía con la descripción.

    —¿Es en esa casa?

    No hubo respuesta.

    El pescador se volteó para mirar al pequeño.

    El niño ya no estaba.

    Había desaparecido del anca de Azabache.

    Atemorizado, Heráclito bajó del burro y se acercó a la misteriosa casa. Tocó la puerta.

    Una anciana de avanzada edad salió a recibirlo.

    —¿Qué busca, señor? —preguntó.

    Heráclito, todavía desconcertado, respondió:

    —Vine a traer a un niño que encontré abandonado en la ciénaga. Me dijo que vivía aquí, en esta casa.

    La respuesta de aquella mujer lo dejó paralizado.

    Según le explicó, el niño era su bisnieto y había muerto junto con su padre durante una tormenta en la Ciénaga de Zura.

    También le contó que, cada año, durante un Jueves Santo, aquel pequeño se aparecía ante algún pescador que salía a realizar su faena, desobedeciendo las tradiciones cristianas que las comunidades conservaban de generación en generación.

    Al escuchar aquellas palabras, Heráclito se desmayó.

    Cuando despertó, la casa no estaba

    Los habitantes de Tenerife encontraron posteriormente al pescador en un solar enmontado, lleno de basura.

    A su lado estaba Azabache.

    Pero había algo aún más desconcertante:

    allí no había ninguna casa.

    La casa blanca de ventanas marrones había desaparecido.

    Heráclito sobrevivió para contar lo sucedido. Con el paso de los años continuó relatando aquella experiencia, siempre con el mismo temor que le produjo aquella noche.

    Hoy, Heráclito ya ha fallecido.

    Pero su historia continúa.

    Porque alrededor de estas ciénagas todavía sobreviven relatos que hablan de apariciones, misterios y acontecimientos difíciles de explicar. Historias conservadas en la memoria de quienes han vivido junto a sus aguas y que siguen pasando de una generación a otra.

    Quizás esta sea solamente una de ellas.

    ¿Cuántos misterios más guardará la Ciénaga de Zura?


    Sobre el autor

    Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Este relato recoge una de las historias de tradición oral asociadas al complejo lagunar de la Ciénaga de Zura y a las comunidades de su entorno.


    Voces

    Con El niño de Zura abrimos Voces, un espacio para compartir relatos, ideas y creaciones de estudiantes, docentes y demás miembros de nuestra comunidad educativa.

    Porque nuestra institución también se construye con las historias que tenemos para contar.