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  • Los sueños de mi tía, un relato de Humberto Orozco Vega

    Los sueños de mi tía, un relato de Humberto Orozco Vega

    En «Los sueños de mi tía», Humberto Orozco Vega, docente de lenguaje de grado octavo, comparte una historia de su familia donde los sueños y los saberes populares se entrelazan. El relato forma parte de «Recuerdos heredados», su recopilación de cuentos, y hoy lo compartimos en Voces, que suma miradas docentes y comunitarias.

    Los sueños de mi tía

    Ella sentía las miradas saliendo desde aquella parte de la habitación y que le golpeaban su nuca, un instante antes de arroparse de pies a cabeza y apretar los ojos, los dientes y también el rosario entre sus manos, fruto del miedo. Esto sucedió un minuto antes de que el tiempo tomara una velocidad inusualmente lenta, tanto que las gotas en el techo de láminas metálicas sonaban como una marcha fúnebre y no como la melodía que ella escuchaba las mañanitas de Corcovado.

    Todo había empezado una mañana en que despertó con la certeza inaudita de que sabía el origen y la cura de las enfermedades puestas y supuestas de toda su familia. Comenzó a dar órdenes de hacer bebidas de paico y ajo para el Negro y Jairo, quienes en sus barrigas claritas, gracias a los teteros de agua de azúcar, albergaban bolas de lombrices.

    —No se necesita ser médico para saber que eso es lombriz —dijo mi abuela.

    Pero sí la tomaron en serio el día que, con autoridad, preguntó quién había traído ese plato de peltre blanco, de borde azul difuminado y una rosa roja en el fondo, que se descubrió cuando ella misma tiró la comida al traspatio. Nunca nadie supo quién la había preparado. Lo que no calculó ella fue que al día siguiente la despertó un grito fuerte y pausado:

    —¡Oh, Rebe, ven a ve! —dijo María.

    Las gallinas que habían comido el misterioso manjar se miraban con el cuello largo, sus patas flacas, pero su estómago inflado como un balón de baloncesto. Al mediodía estaban más postradas y al anochecer murieron.

    Desde aquel día mi tía recetaba buchadas para el dolor de muelas, cola de caballo pa los riñones, baño con matarratón pal mal de ojos, sal de glober pa los paños en la cara, aceite de hígado de bacalao para los que se apretaban y cuanto remedio había en la botica del barrio arriba. Así fue como la noticia no soportó los linderos de la casa y comenzó a rodar el rumor de que Rebe curaba. Primero llegaron las amigas con desarreglos menstruales y las parejas que no podían tener hijos, hasta que la noticia desbordó los límites del pueblo.

    Aquel don comenzó con una inocente reunión de chicas que querían preguntar por su pasado, que no era mucho; por su presente, que es efímero, y por su futuro incierto. Esa noche mi tía, sin recordarlo hasta mucho tiempo después, soñó con un joven médico que en susurros le dictaba los trastornos de la salud y las curas para las personas. Al tiempo que se hizo consciente de que lo que soñaba se replicaba en la realidad, tomó la costumbre de dormir con papel, lápiz y una lámpara encendida para anotar todo lo que soñaba en el mismo instante que lo hacía. Lo único que no recordaba nunca era la cara del hombre que le daba su sabiduría.

    Pero como no hay deuda que no se cobre y todo tiene su fin bajo el sol, una noche el joven de costumbre se presentó en sus sueños.

    —Hola, Rebe —le dijo.

    —Hoy te escucho raro —contestó mi tía.

    —Es que ya me voy. Pídeme un último favor —y la miró.

    —Que me digas quién eres, por qué me escogiste a mí y por qué no recuerdo tu cara cuando despierto —le contestó ella.

    —Mi nombre es fulano de tal (mi tía nunca lo dijo). Soy un médico que morí muy joven y en este sitio donde yo estoy estaba tu abuelita. Me dijo que tú tenías muchos problemas y, como ya estás mejor, mi tiempo se acabó. Pero si quieres verme, esta noche coloca una bañera con agua; en el fondo colocas un espejo y te duermes. Cuando yo llegue por la madrugada, tú me sentirás, mirarás en el recipiente y verás mi cara.

    Mi tía, una mujer valiente, despertó, fue a su trabajo, compró todo según las especificaciones y lo colocó en la esquina oriental del cuarto. A las nueve de la noche se acostó maravillada porque al fin conocería al joven que la visitaba en sus sueños y nunca recordaba al día siguiente. La emoción la mantenía en vilo y sintió cómo la respiración de cada una de las hermanas con las cuales compartía cuarto iba cambiando de despiertas a entre dormidas y, al final, caían en sueño profundo. Esto lo notó hasta que ya fue ella la dormida y, aun en sus sueños, se mostraba ansiosa por el suceso que esperaba.

    Fue así como, a altas horas de la madrugada, tal como él le había dicho, sintió la presencia a su espalda. La impaciencia se tornó en miedo y solo pudo apretar sus ojos, apretar sus manos y esperar la mañana, y nunca más saber de él.

    Autor: Humberto Orozco Vega, docente de lenguaje de grado octavo.
    Obra: «Recuerdos heredados», recopilación de cuentos.

  • Humberto Orozco Vega  Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega escogió al Anuar Rivera Jattar sin conocerlo. Y, como él mismo reconoce, la institución también lo recibió sin saber quién era.

    Era 2010, un año que quedó marcado en la memoria de la región por una de las grandes crecientes del río Magdalena. En medio de aquellas aguas comenzó una relación que, dieciséis años después, Humberto reconoce como parte fundamental de su propia vida.

    Una escuela construida entre todos

    Humberto recuerda con especial cariño la institución que encontró cuando llegó.

    En su memoria aparece como una pequeña escuela de paredes limpias, rodeada de flores y árboles, con muchas canecas y poca basura. Un lugar que lo cautivó desde el primer momento.

    Era una institución más pequeña que la actual. Había menos aulasaulas, menos computadores y menos docentes, pero esa misma dimensión generaba una particular sensación de cercanía. Era una escuela casi artesanal, construida día a día con el aporte de todos, donde cada persona estaba dispuesta a asumir diferentes tareas y las puertas permanecían abiertas a la comunidad.

    Humberto la describe también con una expresión muy suya: una “escuela boutique”, pequeña y acogedora, donde todos hacían de todo.

    Y muy pronto descubriría que aquello de hacer de todo no era solamente una manera de hablar.

    Para llegar a enseñar había que atravesar el agua

    Su llegada coincidió con la creciente de 2010.

    Las vías estaban parcialmente cubiertas por las aguas y llegar hasta la institución se convirtió en toda una aventura.

    Humberto recuerda que durante el recorrido vestían pantalonetas y ropa ligera para atravesar los caminos inundados. Solo después de llegar a la escuela se cambiaban de ropa para entrar al aula y comenzar las clases.

    Con los años, aquel paisaje también cambió. Las vías fueron elevadas y pavimentadas, y varias aulas de primaria y bachillerato se construyeron sobre palafitos para enfrentar mejor las condiciones del territorio.

    Son recuerdos de una institución diferente, pero también de una comunidad acostumbrada a encontrar maneras de seguir adelante.

    Desde jardinero hasta vicerrector

    Si algo caracteriza la experiencia de Humberto en el Anuar es la cantidad de lugares desde los cuales ha vivido la institución.

    Él mismo lo resume con humor:

    “En esta institución he sido desde jardinero hasta vicerrector”.

    Entre ambos extremos hay una lista que parece resumir varias vidas dentro de una misma escuela: ha sido profesor de Educación Física, Artística, Matemáticas, Inglés, Informática, docente de primaria y, por último, profesor de Lengua Castellana en grado noveno.

    Incluso incluye entre sus funciones la de “ambulancia”, una de esas expresiones que retratan aquella dinámica en la que todos estaban dispuestos a asumir diferentes tareas cuando la comunidad lo necesitaba.

    Pero entre tantos cargos, áreas y experiencias, hay una que ocupa un lugar diferente en su memoria.

    El “castigo” que terminó siendo un premio

    Un día Humberto llegó a grado primero.

    Según cuenta, llegó allí “como castigo”.

    Y sobrevivió.

    Lo dice con humor y recuerda incluso que aquel año perdió cinco kilos. Pero detrás de la anécdota quedó una experiencia que terminó transformándose en uno de los recuerdos más satisfactorios de su vida como maestro.

    Años después, algunos de aquellos niños todavía se encuentran con él y le dicen:

    “Usted me enseñó a leer”.

    “Usted me enseñó a contar”.

    Y entonces aquel supuesto castigo adquiere otro significado.

    Humberto lo expresa mejor que cualquier explicación:

    “Fue el premio más grande que me dio la vida”.

    Cuando los estudiantes regresan convertidos en amigos

    No todos los momentos han sido fáciles.

    Humberto reconoce las dificultades propias de una profesión en la que, según sus palabras, hay que luchar constantemente por mantener una educación gratuita, pública y obligatoria.

    Sin embargo, cuando mira hacia atrás, descubre que los buenos recuerdos terminan superando a los difíciles.

    Estudiantes que en algún momento representaron grandes retos hoy regresan convertidos en profesionales. Algunas relaciones que comenzaron como profesor y alumno terminaron transformándose, con el paso de los años, en amistades sinceras.

    Recuerda a alguno que nunca pudo con las matemáticas y hoy es un gran orador. A otros que todavía le dicen: “Usted me enseñó a contar jugando” o “Usted me enseñó a leer escuchando”.

    Y recuerda especialmente a uno que terminó invirtiendo los papeles:

    un estudiante que le enseñó a él a manejar.

    Porque después de tantos años, la escuela también termina siendo un lugar donde todos, de alguna manera, enseñan y aprenden.

    Una colcha hecha de muchas personas

    Para explicar lo que ha significado su paso por el Anuar Rivera Jattar, Humberto utiliza una imagen que atraviesa toda su reflexión:

    “Nuestra vida es una colcha de retazos”.

    Para él, las personas que pasan por nuestra historia siempre dejan algo.

    Por eso siente que lleva consigo un pedacito de los rectores, profesores, estudiantes y demás miembros de la comunidad con quienes ha compartido durante estos años: la alegría de unos, la constancia de otros y los aprendizajes que cada encuentro fue dejando.

    Pero su reflexión no termina en lo que recibió.

    También espera haber dejado algo de sí mismo en los demás:

    “Espero que, de igual manera, a cada uno de ellos yo le haya aportado un parchecito para crear su propia colcha de vida”.

    “Yo la escogí sin conocerla”

    Han pasado dieciséis años desde aquel 2010.

    Y quizá lo más sorprendente para Humberto sea descubrir cuánto de su propia vida quedó unido a aquella institución que alguna vez eligió sin saber exactamente qué encontraría.

    Lo expresa con sencillez:

    “Yo la escogí sin conocerla y ella me aceptó sin conocerme”.

    Después agrega una reflexión todavía más profunda:

    “Pienso que yo no fuera lo que soy sin ella, pero ella seguiría siendo igual sin mí”.

    Es su manera de reconocer cuánto ha recibido del lugar al que llegó durante aquel año de creciente.

    Y si pudiera encontrarse hoy con aquel joven que llegó en 2010, Humberto sabe qué consejo le daría.

    No escogería una fórmula pedagógica ni una recomendación sobre cómo enseñar.

    Recurriría al zorro de El Principito y a una frase que, después de tantos años, parece resumir también su manera de mirar al Anuar Rivera Jattar:

    “Solo con el corazón se ven las cosas importantes; lo importante es invisible a los ojos”.

    Quizás allí estén todos los retazos.

    La pequeña escuela rodeada de árboles y flores. Los caminos cubiertos por el agua. Las clases. Los distintos roles asumidos. Los estudiantes que aprendieron a leer y a contar. Los que se hicieron profesionales. Los compañeros. Las dificultades. Las amistades.

    Pedazos aparentemente distintos que, unidos por el tiempo, terminaron formando una misma historia.

    La historia anuarista de Humberto Orozco Vega.

    — Humberto Orozco Vega

    Historias que enseñan · Quinta entrega