Etiqueta: Julio César Villamizar González

  • La hazaña del astillero

    La hazaña del astillero

    En San Luis, a orillas del río Magdalena, la fama de dos hombres está a punto de encontrarse en la plaza del pueblo. Epifanio Núñez domina la madera y no le teme a una pelea; Daniel Ariña tiene la fuerza de un gigante. Lo que ocurre cuando se enfrentan termina convertido en una historia para contar entre risas.

    «La hazaña del astillero» es un relato de Julio César Villamizar González, docente de la IE Ánuar Rivera Jattar, quien vuelve a compartir en Voces una historia ambientada en San Luis.

    La hazaña del astillero

    En las apacibles riberas del río Grande de la Magdalena, el pueblo de San Luis presenciaba un acontecimiento histórico.

    Epifanio Núñez, el maestro astillero más prodigioso de la comarca, era conocido por dos cosas: labrar la madera con destreza quirúrgica y empinarse el ron de caña como si fuera agua fresca. Pero su verdadero pasatiempo, el que avivaba las brasas de su espíritu festivo, era desafiar a cualquier guapo de pueblo que presumiera de puños pesados.

    Por eso, al enterarse de que en la hacienda Jesús del Río existía un gigante llamado Daniel Ariña, capaz de sacarle astillas a un tronco de guayacán a pura mano limpia, Epifanio no lo pensó dos veces. Le mandó una razón con el primer campesino que pasó para la isla de Zura, citándolo a San Luis para comprobar si semejante fama tenía fundamento o si era puro cuento de velorio.

    El esperado día llegó y la expectativa paralizó por completo a la población. Daniel Ariña hizo su entrada triunfal como una montaña con sombrero: un hacendado de envergadura imponente que superaba holgadamente los dos metros de estatura y cuyos pasos hacían retumbar las tablas del puerto.

    Como dictaba la costumbre para calentar motores antes de aclarar cualquier desacuerdo, ambos gigantes de la comarca se instalaron primero en la cantina de doña Graciela, la comerciante de licores más prestigiosa de la zona.

    Entre vaso y vaso de ron de caña, la concurrencia miraba de reojo la desproporción entre la humanidad gigantesca de Daniel y la picardía irreverente de Epifanio, quien brindaba sonriente, sin sospechar la brisa helada que estaba a punto de despeinarlo para siempre.

    Cuando la muchedumbre se aglomeró en la plaza principal, el aire se podía cortar con un machete. Daniel, sin mucha cháchara, soltó el primer zapatazo al aire en forma de puñetazo, un leñazo tremendo cargado con la fuerza del guayacán.

    Epifanio, aguzado por el alcohol pero bendecido por la suerte, alcanzó a agachar la cabeza por escasos milímetros; sin embargo, el puño gigantesco de Daniel le rastrilló el cuero cabelludo en su recorrido, arrancándole la cabellera completa como si le hubiera pasado una máquina rasuradora a toda velocidad.

    De la cabeza de Epifanio comenzó a brotar una humareda densa, producto de la pura fricción del aire y el roce. Aquello obligó al astillero a exclamar años después entre risas:

    —¡Nube de Dios! Si ese animal me coge de frente, me arranca la cabeza del espinazo y la manda a navegar río abajo.

    Pero el destino, que tiene un sentido del humor bastante retorcido, no iba a dejar la pelea en una simple lección de peluquería rápida.

    Epifanio, privado de su melena y perdiendo el equilibrio por el zumbado del roce, iba cayendo irremediablemente hacia el suelo como un cedro recién cortado. En medio del colapso y en una reacción puramente instintiva de supervivencia, el astillero estiró una pierna a ciegas hacia arriba con tal mala —o buena— fortuna que su bota de cuero impactó de lleno en «los mayores» del colosal hacendado. El crujido seco fue seguido por un silencio sepulcral en toda la plaza de San Luis.

    Daniel Ariña, aquel coloso invencible capaz de destrozar maderas nobles, abrió los ojos como sapo pisado por carro, soltó un bramido que hizo volar a las palomas de la iglesia y se dobló en dos como un fuelle desinflado, cayendo cuan largo era al lado de su rival.

    La multitud quedó atónita presenciando a los dos titanes tendidos en la tierra: uno echando humo por la calva improvisada y el otro sobándose la hombría entre quejidos lamentosos. Superado el susto, la plaza entera estalló en una carcajada colectiva.

    Ambos combatientes, reconociendo la genialidad del desastroso desenlace, terminaron abrazados de vuelta en la cantina de doña Graciela, curándose las heridas con otra botella de ron de caña y sellando una amistad legendaria que aún se canta en los parrandones del pueblo.

    Autor: Julio César Villamizar González, docente de la IE Ánuar Rivera Jattar.

  • De las aguas a las aulas: el recorrido de Julio César Villamizar González

    De las aguas a las aulas: el recorrido de Julio César Villamizar González

    Antes de enseñar Ciencias Naturales, Julio César Villamizar González conoció otra escuela: la del río.

    Caminó largas distancias para estudiar, cruzó las aguas del Magdalena, cambió durante un tiempo los cuadernos por las redes de pesca y trabajó durante una década como operario del acueducto de San Luis.

    Pero siempre encontró el camino de regreso a las aulas.

    Su historia comenzó el 27 de marzo de 1972, en el hogar de Cayetano Villamizar y Beatriz Elena González Núñez. Fue el primogénito de siete hermanos y creció en medio de limitaciones materiales, pero también rodeado de valores y respeto, dos elementos que él mismo reconoce como fundamentales en su formación.

    Muy pronto, el río cambiaría el rumbo de su vida.

    La creciente del 75

    En 1975, cuando Julio César tenía apenas tres años, la gran creciente del río Magdalena que afectó a San Luis Beltrán obligó a su familia a buscar un lugar más seguro.

    Sus pasos llegaron entonces hasta Plato, Magdalena.

    Una figura fundamental durante aquellos años fue Marlene Villamizar Villamizar, a quien Julio César reconoce como su segunda madre. Ella lo crio durante buena parte de su infancia, aproximadamente hasta los nueve o diez años, en el entorno familiar de sus padres, José María Villamizar Villamizar y Olga Villamizar.

    Sería precisamente Marlene quien, años después, volvería a desempeñar un papel decisivo en su historia.

    Para estudiar, primero había que llegar

    Sus primeros años escolares transcurrieron en el Colegio Kennedy, en el barrio Policarpa de Plato, bajo la orientación de las profesoras Helen Jaramillo y Amalfi.

    Allí cursó buena parte de la primaria, hasta que el deterioro físico del plantel obligó a interrumpir aquel recorrido. Terminó quinto grado en la Escuela Rural San Luis, bajo la orientación de la docente María Anaya De León.

    Después llegó la secundaria en la Institución Educativa Simón Bolívar de Tenerife, Magdalena.

    Pero asistir a clases no significaba simplemente levantarse cada mañana y caminar unas cuadras.

    Había trayectos a pie bajo el sol, recorridos por el río en el bote conocido popularmente como “El Lechero” y, posteriormente, viajes en el carro del señor a quien todos conocían como “Morrocoyo”.

    Antes de sentarse frente a un tablero, había que superar el desafío de llegar hasta él.

    Una bicicleta que significaba mucho más

    En medio de aquella rutina apareció uno de los objetos que Julio César conserva entre sus recuerdos más entrañables.

    José María Villamizar Villamizar le regaló su primera bicicleta.

    Para un estudiante que debía enfrentar largas distancias, aquella bicicleta era mucho más que un objeto de valor: significaba aliviar el camino y hacer un poco más cercana la posibilidad de continuar estudiando.

    Sin embargo, las dificultades económicas no desaparecieron.

    Cuando los cuadernos dieron paso a las redes

    La falta de recursos para cubrir los pasajes y la manutención llevó a Julio César a alternar sus estudios con la pesca.

    Hasta que llegó un momento en que ambas cosas resultaron difíciles de sostener.

    Mientras cursaba séptimo grado hizo una pausa en su formación y se trasladó al corregimiento de Nervití, Bolívar, donde se dedicó de lleno a la faena pesquera.

    Por un tiempo, los cuadernos quedaron a un lado.

    Llegaron las redes, las jornadas de pesca y una vida que parecía conducirlo por un camino distinto al que finalmente tomaría.

    El regreso a los libros

    Fue entonces cuando reapareció la mujer que había sido fundamental durante su infancia.

    Marlene, su segunda madre, insistió en que debía regresar a estudiar.

    Su apoyo y persistencia terminaron haciendo efecto. Julio César volvió a los libros y retomó una formación que, con los años, terminaría convirtiéndose en su proyecto de vida.

    Él mismo resume aquella travesía con una frase:

    “No hay corriente ni marea capaz de desviar a un alma destinada a la docencia cuando la gratitud y el amor le marcan el rumbo.”

    Diez años en el acueducto

    El 8 de diciembre de 1993 comenzó otra etapa de su vida.

    Julio César asumió como operario del acueducto de San Luis, trabajo que desempeñaría durante una década.

    Desde allí continuó construyendo aquello que años atrás había parecido tan difícil alcanzar: su formación profesional.

    Mientras trabajaba impulsó sus estudios de Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Ciencias Naturales y Educación Ambiental en la Universidad del Atlántico. Posteriormente realizó una Especialización en Didáctica y TIC en la Universidad de Cartagena.

    Y su formación no se detuvo allí. Actualmente cursa la Maestría en Recursos Digitales Aplicados a la Educación en la Universidad de Cartagena.

    Aquel muchacho que alguna vez tuvo que dejar temporalmente séptimo grado para dedicarse a la pesca había regresado definitivamente al camino de la educación.

    18 de julio de 2004: comienza otra historia

    El 18 de julio de 2004, Julio César llegó al Anuar Rivera Jattar.

    Comenzaba así una etapa que ya supera las dos décadas y que uniría definitivamente su historia personal con la de nuestra institución.

    En 2006, después de superar el concurso público de méritos, se vinculó formalmente al magisterio oficial colombiano.

    Desde entonces ha desarrollado su labor docente especialmente alrededor de las Ciencias Naturales y la Educación Ambiental, acompañada por el interés en la investigación pedagógica y el impulso de proyectos ambientales.

    Pero al salón de clases Julio César no llevó únicamente aquello que había aprendido en la universidad.

    También llevó consigo al niño desplazado por una creciente, al estudiante que recorría grandes distancias para llegar al colegio, al joven pescador y al trabajador que durante diez años conoció de cerca el servicio a su comunidad.

    De las redes a las aulas

    Hoy, cuando contempla la cercanía de su retiro institucional, Julio César mira hacia atrás y encuentra una trayectoria que ha estado profundamente ligada a la educación y a su comunidad.

    Su mayor satisfacción no está solamente en los títulos alcanzados.

    Está en algo mucho más cercano: ver convertidos en profesionales honestos a quienes alguna vez fueron niños y jóvenes sentados frente a él en un salón de clases.

    Son décadas de una historia construida entre dificultades, oportunidades, trabajo y educación.

    Y quizás por eso resulta inevitable volver al agua para comprenderla.

    El niño que tuvo que salir de San Luis Beltrán después de una creciente; el estudiante que cruzaba el río para poder estudiar; el joven que por necesidad cambió temporalmente los cuadernos por las redes de pesca; el hombre que trabajó durante una década en el acueducto…

    terminó haciendo de las aulas su lugar de vida.

    Desde aquel 18 de julio de 2004, una parte importante de ese recorrido también pertenece a la historia del Anuar Rivera Jattar.

    De las aguas a las aulas.

    Más que el camino hacia una profesión, ha sido el recorrido de toda una vida.

    — Julio César Villamizar González

    Historias que enseñan · Cuarta entrega

  • El niño de Zura

    El niño de Zura

    Un relato de Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Hay historias que no están escritas en los libros. Viven en la memoria de los pueblos, pasan de generación en generación y encuentran en cada nueva voz una manera de seguir existiendo.

    La Ciénaga de Zura, en el corregimiento de San Luis, municipio de Tenerife, guarda entre sus aguas historias que durante años han sido contadas por quienes habitan sus alrededores. Relatos que mezclan la memoria, las creencias y los misterios de un complejo lagunar alrededor del cual generaciones enteras han construido parte de su vida.

    Esta es una de esas historias.

    El pescador y la noche

    Cuentan los ancestros que, hace muchos años, un pescador de la región llamado Heráclito Medardo decidió salir a realizar su faena.

    Aunque el cielo estaba nublado, tomó a Azabache, su pequeño burro, y emprendió camino hacia un lugar situado al norte de la isla, conocido como el Rincón del Ahogado.

    Al llegar, bajó sus trasmayos, tomó la canoa, acomodó sus equipos de pesca y navegó hasta la isla de Buenos Aires. Allí lanzó los trasmayos y esperó.

    Después de comer, se dispuso a dormir.

    Pero aquella no sería una noche cualquiera.

    A las doce de la noche, los animales comenzaron a comportarse de manera extraña. Los perros aullaban y las aves producían sonidos inquietantes.

    Heráclito sintió miedo.

    Entonces, de repente, todo quedó en silencio.

    En medio de aquella quietud escuchó algo que lo estremeció:

    el llanto de un niño.

    El niño de la isla

    Asustado, tomó su remo y se dirigió hacia la punta de la isla de Buenos Aires.

    Allí, entre la oscuridad, alcanzó a distinguir la silueta de un pequeño niño.

    —Niño, ¿qué haces aquí? —preguntó.

    —Estaba con mi padre pescando y me dejó aquí abandonado —respondió el pequeño.

    Sorprendido por encontrarlo solo a semejante hora, Heráclito decidió ayudarlo.

    —Bueno, móntate en la canoa. Acuéstate mientras yo saco los trasmayos.

    Terminó de recogerlos y regresó al Rincón del Ahogado. Allí ensilló nuevamente a Azabache, acomodó los peces y sus implementos de pesca y llamó al pequeño:

    —Niño, levántate, que te voy a llevar a tu casa.

    Pero ocurrió algo extraño.

    Cuando el niño intentó subir al anca del burro, Azabache no lo permitió.

    El animal se mostraba inquieto. Heráclito insistió hasta que finalmente Azabache permitió que el pequeño se montara y pudieron emprender el camino.

    Mientras avanzaban, el pescador preguntó:

    —¿Dónde vives?

    —En Tenerife, en una casa blanca con ventanas marrones —respondió el niño.

    La casa blanca

    Cuando iban entrando a la población de Tenerife, los animales volvieron a hacer aquellos extraños ruidos.

    Heráclito comenzó a sentir miedo nuevamente.

    —Niño, ¿dónde dices que vives? —preguntó.

    —En una casa blanca con ventanas marrones.

    Continuaron avanzando hasta que Heráclito divisó una casa que coincidía con la descripción.

    —¿Es en esa casa?

    No hubo respuesta.

    El pescador se volteó para mirar al pequeño.

    El niño ya no estaba.

    Había desaparecido del anca de Azabache.

    Atemorizado, Heráclito bajó del burro y se acercó a la misteriosa casa. Tocó la puerta.

    Una anciana de avanzada edad salió a recibirlo.

    —¿Qué busca, señor? —preguntó.

    Heráclito, todavía desconcertado, respondió:

    —Vine a traer a un niño que encontré abandonado en la ciénaga. Me dijo que vivía aquí, en esta casa.

    La respuesta de aquella mujer lo dejó paralizado.

    Según le explicó, el niño era su bisnieto y había muerto junto con su padre durante una tormenta en la Ciénaga de Zura.

    También le contó que, cada año, durante un Jueves Santo, aquel pequeño se aparecía ante algún pescador que salía a realizar su faena, desobedeciendo las tradiciones cristianas que las comunidades conservaban de generación en generación.

    Al escuchar aquellas palabras, Heráclito se desmayó.

    Cuando despertó, la casa no estaba

    Los habitantes de Tenerife encontraron posteriormente al pescador en un solar enmontado, lleno de basura.

    A su lado estaba Azabache.

    Pero había algo aún más desconcertante:

    allí no había ninguna casa.

    La casa blanca de ventanas marrones había desaparecido.

    Heráclito sobrevivió para contar lo sucedido. Con el paso de los años continuó relatando aquella experiencia, siempre con el mismo temor que le produjo aquella noche.

    Hoy, Heráclito ya ha fallecido.

    Pero su historia continúa.

    Porque alrededor de estas ciénagas todavía sobreviven relatos que hablan de apariciones, misterios y acontecimientos difíciles de explicar. Historias conservadas en la memoria de quienes han vivido junto a sus aguas y que siguen pasando de una generación a otra.

    Quizás esta sea solamente una de ellas.

    ¿Cuántos misterios más guardará la Ciénaga de Zura?


    Sobre el autor

    Julio César Villamizar González
    Docente y escritor

    Este relato recoge una de las historias de tradición oral asociadas al complejo lagunar de la Ciénaga de Zura y a las comunidades de su entorno.


    Voces

    Con El niño de Zura abrimos Voces, un espacio para compartir relatos, ideas y creaciones de estudiantes, docentes y demás miembros de nuestra comunidad educativa.

    Porque nuestra institución también se construye con las historias que tenemos para contar.