Antes de enseñar Ciencias Naturales, Julio César Villamizar González conoció otra escuela: la del río.
Caminó largas distancias para estudiar, cruzó las aguas del Magdalena, cambió durante un tiempo los cuadernos por las redes de pesca y trabajó durante una década como operario del acueducto de San Luis.
Pero siempre encontró el camino de regreso a las aulas.
Su historia comenzó el 27 de marzo de 1972, en el hogar de Cayetano Villamizar y Beatriz Elena González Núñez. Fue el primogénito de siete hermanos y creció en medio de limitaciones materiales, pero también rodeado de valores y respeto, dos elementos que él mismo reconoce como fundamentales en su formación.
Muy pronto, el río cambiaría el rumbo de su vida.
La creciente del 75
En 1975, cuando Julio César tenía apenas tres años, la gran creciente del río Magdalena que afectó a San Luis Beltrán obligó a su familia a buscar un lugar más seguro.
Sus pasos llegaron entonces hasta Plato, Magdalena.
Una figura fundamental durante aquellos años fue Marlene Villamizar Villamizar, a quien Julio César reconoce como su segunda madre. Ella lo crio durante buena parte de su infancia, aproximadamente hasta los nueve o diez años, en el entorno familiar de sus padres, José María Villamizar Villamizar y Olga Villamizar.
Sería precisamente Marlene quien, años después, volvería a desempeñar un papel decisivo en su historia.
Para estudiar, primero había que llegar
Sus primeros años escolares transcurrieron en el Colegio Kennedy, en el barrio Policarpa de Plato, bajo la orientación de las profesoras Helen Jaramillo y Amalfi.
Allí cursó buena parte de la primaria, hasta que el deterioro físico del plantel obligó a interrumpir aquel recorrido. Terminó quinto grado en la Escuela Rural San Luis, bajo la orientación de la docente María Anaya De León.
Después llegó la secundaria en la Institución Educativa Simón Bolívar de Tenerife, Magdalena.
Pero asistir a clases no significaba simplemente levantarse cada mañana y caminar unas cuadras.
Había trayectos a pie bajo el sol, recorridos por el río en el bote conocido popularmente como “El Lechero” y, posteriormente, viajes en el carro del señor a quien todos conocían como “Morrocoyo”.
Antes de sentarse frente a un tablero, había que superar el desafío de llegar hasta él.
Una bicicleta que significaba mucho más
En medio de aquella rutina apareció uno de los objetos que Julio César conserva entre sus recuerdos más entrañables.
José María Villamizar Villamizar le regaló su primera bicicleta.
Para un estudiante que debía enfrentar largas distancias, aquella bicicleta era mucho más que un objeto de valor: significaba aliviar el camino y hacer un poco más cercana la posibilidad de continuar estudiando.
Sin embargo, las dificultades económicas no desaparecieron.
Cuando los cuadernos dieron paso a las redes
La falta de recursos para cubrir los pasajes y la manutención llevó a Julio César a alternar sus estudios con la pesca.
Hasta que llegó un momento en que ambas cosas resultaron difíciles de sostener.
Mientras cursaba séptimo grado hizo una pausa en su formación y se trasladó al corregimiento de Nervití, Bolívar, donde se dedicó de lleno a la faena pesquera.
Por un tiempo, los cuadernos quedaron a un lado.
Llegaron las redes, las jornadas de pesca y una vida que parecía conducirlo por un camino distinto al que finalmente tomaría.
El regreso a los libros
Fue entonces cuando reapareció la mujer que había sido fundamental durante su infancia.
Marlene, su segunda madre, insistió en que debía regresar a estudiar.
Su apoyo y persistencia terminaron haciendo efecto. Julio César volvió a los libros y retomó una formación que, con los años, terminaría convirtiéndose en su proyecto de vida.
Él mismo resume aquella travesía con una frase:
“No hay corriente ni marea capaz de desviar a un alma destinada a la docencia cuando la gratitud y el amor le marcan el rumbo.”
Diez años en el acueducto
El 8 de diciembre de 1993 comenzó otra etapa de su vida.
Julio César asumió como operario del acueducto de San Luis, trabajo que desempeñaría durante una década.
Desde allí continuó construyendo aquello que años atrás había parecido tan difícil alcanzar: su formación profesional.
Mientras trabajaba impulsó sus estudios de Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Ciencias Naturales y Educación Ambiental en la Universidad del Atlántico. Posteriormente realizó una Especialización en Didáctica y TIC en la Universidad de Cartagena.
Y su formación no se detuvo allí. Actualmente cursa la Maestría en Recursos Digitales Aplicados a la Educación en la Universidad de Cartagena.
Aquel muchacho que alguna vez tuvo que dejar temporalmente séptimo grado para dedicarse a la pesca había regresado definitivamente al camino de la educación.
18 de julio de 2004: comienza otra historia
El 18 de julio de 2004, Julio César llegó al Anuar Rivera Jattar.
Comenzaba así una etapa que ya supera las dos décadas y que uniría definitivamente su historia personal con la de nuestra institución.
En 2006, después de superar el concurso público de méritos, se vinculó formalmente al magisterio oficial colombiano.
Desde entonces ha desarrollado su labor docente especialmente alrededor de las Ciencias Naturales y la Educación Ambiental, acompañada por el interés en la investigación pedagógica y el impulso de proyectos ambientales.
Pero al salón de clases Julio César no llevó únicamente aquello que había aprendido en la universidad.
También llevó consigo al niño desplazado por una creciente, al estudiante que recorría grandes distancias para llegar al colegio, al joven pescador y al trabajador que durante diez años conoció de cerca el servicio a su comunidad.
De las redes a las aulas
Hoy, cuando contempla la cercanía de su retiro institucional, Julio César mira hacia atrás y encuentra una trayectoria que ha estado profundamente ligada a la educación y a su comunidad.
Su mayor satisfacción no está solamente en los títulos alcanzados.
Está en algo mucho más cercano: ver convertidos en profesionales honestos a quienes alguna vez fueron niños y jóvenes sentados frente a él en un salón de clases.
Son décadas de una historia construida entre dificultades, oportunidades, trabajo y educación.
Y quizás por eso resulta inevitable volver al agua para comprenderla.
El niño que tuvo que salir de San Luis Beltrán después de una creciente; el estudiante que cruzaba el río para poder estudiar; el joven que por necesidad cambió temporalmente los cuadernos por las redes de pesca; el hombre que trabajó durante una década en el acueducto…
terminó haciendo de las aulas su lugar de vida.
Desde aquel 18 de julio de 2004, una parte importante de ese recorrido también pertenece a la historia del Anuar Rivera Jattar.
De las aguas a las aulas.
Más que el camino hacia una profesión, ha sido el recorrido de toda una vida.
— Julio César Villamizar González
Historias que enseñan · Cuarta entrega


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