Etiqueta: Anuar Rivera Jattar

  • Lilia Madrid Bohórquez: veinte años sembrando pedacitos de su corazón

    Lilia Madrid Bohórquez: veinte años sembrando pedacitos de su corazón

    “¿Y usted qué va a hacer aquí?”

    Fue una de las primeras preguntas que escuchó Lilia Esther Madrid Bohórquez cuando llegó al Anuar Rivera Jattar en 2006. Uno de los profesores, sorprendido al verla, le dijo que su lugar estaba en Los Patos, en la escuela Los Patos.

    La situación, que en aquel momento pudo resultar inesperada, hoy forma parte de esos recuerdos que Lilia evoca con cariño.

    Han pasado veinte años desde entonces.

    Y quizá la mejor respuesta a aquella pregunta esté en las generaciones que han pasado por sus aulas, en los antiguos estudiantes que todavía la recuerdan y en una institución que terminó convirtiéndose en una parte muy importante de su propia vida.

    Una llegada que terminó convirtiéndose en historia

    Lilia llegó a la institución en 2006, después de ser nombrada por decreto.

    Encontró un colegio que ya contaba con un buen número de estudiantes y con espacios adecuados, aunque todavía hacían falta algunas aulas. No había internet y los recursos eran mucho más limitados que los actuales.

    Pero había algo que llamó especialmente su atención desde el comienzo: la unión de la comunidad.

    Los padres de familia estaban dispuestos a colaborar y a aportar cuando surgía alguna necesidad. Buena parte de las dificultades se enfrentaban con ese esfuerzo colectivo de familias, docentes y comunidad.

    Con los años, Lilia ha visto crecer y transformarse aquella institución: nuevos espacios, más recursos y mayores oportunidades para los estudiantes.

    Pero algunos recuerdos de aquellos primeros tiempos permanecen intactos.

    El día en que se cayó el techo

    Entre todos ellos hay uno que difícilmente podría olvidar.

    Era un día de clases como cualquier otro. Lilia se encontraba en el salón con sus estudiantes cuando ocurrió algo completamente inesperado:

    el techo del aula se vino abajo.

    Fueron segundos de enorme susto.

    Por fortuna, tanto ella como los niños lograron salir ilesos.

    El tiempo convirtió aquel momento de angustia en una de esas historias que permanecen para siempre en la memoria. Una anécdota que recuerda las dificultades de otros tiempos, pero también todo el camino recorrido desde entonces.

    Generaciones que siguen regresando

    Durante veinte años, Lilia ha visto pasar muchas generaciones por sus aulas.

    Cada una llegó con sus propias historias, dificultades, sueños y maneras de entender el mundo.

    Muchos de aquellos niños y jóvenes son hoy profesionales. Algunos, cuando vuelven a encontrarse con ella, todavía la recuerdan con cariño.

    Para Lilia, esos encuentros tienen un valor especial.

    No se trata únicamente de descubrir cuánto crecieron sus antiguos estudiantes. También significan comprobar que, después de tantos años, algo de lo vivido en el aula permaneció en ellos.

    Y esa, reconoce, es una de las mayores satisfacciones que le ha regalado la profesión.

    Escuchar antes de juzgar

    Pero enseñar durante tantos años también le ha dejado aprendizajes que no aparecen necesariamente en los libros.

    Uno de los más importantes ha sido comprender que cada estudiante llega al salón llevando consigo una historia que el maestro muchas veces desconoce.

    Detrás de un comportamiento, de una dificultad académica o incluso de una mala respuesta puede existir una realidad que no siempre es visible.

    Por eso los momentos difíciles le han enseñado a tener paciencia, a escuchar antes de juzgar y a comprender el valor que puede tener una palabra pronunciada en el momento indicado.

    A veces, un gesto de apoyo puede significar mucho más de lo que el propio maestro alcanza a imaginar.

    La felicidad también está en lo cotidiano

    Cuando Lilia piensa en los momentos más bonitos de su paso por la institución, no necesita escoger una ceremonia, un reconocimiento o una fecha especial.

    Para ella, buena parte de la felicidad ha estado en cada día de trabajo.

    Compartir con sus estudiantes. Verlos aprender. Acompañarlos mientras crecen. Encontrarse años después con quienes alguna vez ocuparon un pupitre frente a ella.

    Son momentos sencillos, pero suficientes para confirmar que el esfuerzo ha valido la pena.

    Porque muchas veces la verdadera dimensión del trabajo de un maestro solo aparece con los años, cuando aquel estudiante regresa convertido en adulto y todavía conserva un recuerdo de quien alguna vez lo acompañó.

    Los nombres que también hacen parte del camino

    Una historia de veinte años tampoco se construye en soledad.

    Al mirar hacia atrás, Lilia recuerda con especial gratitud a varias personas que han formado parte de su recorrido en la institución.

    Entre ellas menciona al profesor Madison Tetay, la seño María, la profesora Benilda y el rector Carlos González.

    Cada uno ocupa un lugar particular dentro de los recuerdos y experiencias que han acompañado su vida como docente.

    Porque una institución también se construye así: con las personas con quienes se comparten los días, las dificultades, las alegrías y el trabajo cotidiano.

    ¿Qué le diría a aquella maestra de 2006?

    Si pudiera regresar a aquel primer día y encontrarse nuevamente con la docente que acababa de llegar, Lilia tendría mucho que decirle.

    Le pediría paciencia.

    Le diría que confiara en su vocación y que aprendiera a disfrutar cada momento, incluso aquellos que parecieran difíciles.

    También le advertiría que todavía no podía imaginar todo lo que estaba por vivir: las personas que conocería, las generaciones que acompañaría y las experiencias que terminarían transformándola también a ella.

    Y, sobre todo, le dejaría un consejo:

    “Sigue enseñando con el corazón, porque cada estudiante deja una huella y tú también dejas una huella en cada uno”.

    Veinte años después

    Hoy formar parte del Anuar Rivera Jattar significa mucho más para Lilia que pertenecer al lugar donde trabaja.

    Aquí ha vivido una parte importante de su vida.

    Aquí ha crecido como docente y como persona.

    Aquí ha acompañado a generaciones enteras y ha construido recuerdos junto a estudiantes, compañeros y familias.

    Aquel nombramiento de 2006 que comenzó como una nueva experiencia laboral terminó convirtiéndose en una historia de veinte años.

    Una historia hecha de clases, dificultades, aprendizajes, compañeros y antiguos estudiantes que todavía regresan para saludar.

    Y quizá por eso, después de todo este tiempo, Lilia puede resumir su recorrido con una frase que contiene mucho más que veinte años de docencia:

    “Después de tantos años, entiendo que enseñar fue también sembrar pedacitos de mi corazón en cada generación que pasó por mis aulas”.

    Tal vez esa sea también la respuesta definitiva a aquella pregunta que escuchó cuando apenas llegaba:

    “¿Y usted qué va a hacer aquí?”

    Veinte años después, la respuesta está en cada generación que ayudó a formar.

    — Lilia Esther Madrid Bohórquez
    Historias que enseñan · Sexta entrega

  • El perro dormilón, un cuento de Nabuk Eli España Morales

    El perro dormilón, un cuento de Nabuk Eli España Morales

    En el proyecto «Escritores creativos», los estudiantes de grado 5.º cuentan sus propias historias con palabras y dibujos, acompañados por la docente líder Ludis Peña Álvarez.

    Hoy compartimos «El perro dormilón», un cuento escrito e ilustrado por Nabuk Eli España Morales.

    El perro dormilón

    Había una vez un perro que vivía con su amo. Al perro le gustaba dormir todo el día con su hueso favorito en la boca.

    De repente, su hueso desapareció y el perro no podía dormir. Asustado y desesperado, buscaba por todos lados, pero no lo encontró.

    El dueño, al ver el desespero de su perro, le compró un regalo. Pero él no lo quería abrir. El dueño le insistía que lo abriera hasta que lo convenció. Aquel regalo era muy hermoso: muchos huesos de distintos tamaños y colores.

    El perro, contento, saltaba de alegría y lamía a su amo. Corrió a su casita, donde metió el regalo y, con un suspiro, se quedó dormido con un hueso en la boca y otro al lado.

    Autor e ilustrador: Nabuk Eli España Morales, grado 5.º.
    Proyecto: Escritores creativos.
    Docente líder: Ludis Peña Álvarez.

    Cuento y dibujos originales de Nabuk Eli España Morales, estudiante de grado 5.º

  • Humberto Orozco Vega  Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega escogió al Anuar Rivera Jattar sin conocerlo. Y, como él mismo reconoce, la institución también lo recibió sin saber quién era.

    Era 2010, un año que quedó marcado en la memoria de la región por una de las grandes crecientes del río Magdalena. En medio de aquellas aguas comenzó una relación que, dieciséis años después, Humberto reconoce como parte fundamental de su propia vida.

    Una escuela construida entre todos

    Humberto recuerda con especial cariño la institución que encontró cuando llegó.

    En su memoria aparece como una pequeña escuela de paredes limpias, rodeada de flores y árboles, con muchas canecas y poca basura. Un lugar que lo cautivó desde el primer momento.

    Era una institución más pequeña que la actual. Había menos aulasaulas, menos computadores y menos docentes, pero esa misma dimensión generaba una particular sensación de cercanía. Era una escuela casi artesanal, construida día a día con el aporte de todos, donde cada persona estaba dispuesta a asumir diferentes tareas y las puertas permanecían abiertas a la comunidad.

    Humberto la describe también con una expresión muy suya: una “escuela boutique”, pequeña y acogedora, donde todos hacían de todo.

    Y muy pronto descubriría que aquello de hacer de todo no era solamente una manera de hablar.

    Para llegar a enseñar había que atravesar el agua

    Su llegada coincidió con la creciente de 2010.

    Las vías estaban parcialmente cubiertas por las aguas y llegar hasta la institución se convirtió en toda una aventura.

    Humberto recuerda que durante el recorrido vestían pantalonetas y ropa ligera para atravesar los caminos inundados. Solo después de llegar a la escuela se cambiaban de ropa para entrar al aula y comenzar las clases.

    Con los años, aquel paisaje también cambió. Las vías fueron elevadas y pavimentadas, y varias aulas de primaria y bachillerato se construyeron sobre palafitos para enfrentar mejor las condiciones del territorio.

    Son recuerdos de una institución diferente, pero también de una comunidad acostumbrada a encontrar maneras de seguir adelante.

    Desde jardinero hasta vicerrector

    Si algo caracteriza la experiencia de Humberto en el Anuar es la cantidad de lugares desde los cuales ha vivido la institución.

    Él mismo lo resume con humor:

    “En esta institución he sido desde jardinero hasta vicerrector”.

    Entre ambos extremos hay una lista que parece resumir varias vidas dentro de una misma escuela: ha sido profesor de Educación Física, Artística, Matemáticas, Inglés, Informática, docente de primaria y, por último, profesor de Lengua Castellana en grado noveno.

    Incluso incluye entre sus funciones la de “ambulancia”, una de esas expresiones que retratan aquella dinámica en la que todos estaban dispuestos a asumir diferentes tareas cuando la comunidad lo necesitaba.

    Pero entre tantos cargos, áreas y experiencias, hay una que ocupa un lugar diferente en su memoria.

    El “castigo” que terminó siendo un premio

    Un día Humberto llegó a grado primero.

    Según cuenta, llegó allí “como castigo”.

    Y sobrevivió.

    Lo dice con humor y recuerda incluso que aquel año perdió cinco kilos. Pero detrás de la anécdota quedó una experiencia que terminó transformándose en uno de los recuerdos más satisfactorios de su vida como maestro.

    Años después, algunos de aquellos niños todavía se encuentran con él y le dicen:

    “Usted me enseñó a leer”.

    “Usted me enseñó a contar”.

    Y entonces aquel supuesto castigo adquiere otro significado.

    Humberto lo expresa mejor que cualquier explicación:

    “Fue el premio más grande que me dio la vida”.

    Cuando los estudiantes regresan convertidos en amigos

    No todos los momentos han sido fáciles.

    Humberto reconoce las dificultades propias de una profesión en la que, según sus palabras, hay que luchar constantemente por mantener una educación gratuita, pública y obligatoria.

    Sin embargo, cuando mira hacia atrás, descubre que los buenos recuerdos terminan superando a los difíciles.

    Estudiantes que en algún momento representaron grandes retos hoy regresan convertidos en profesionales. Algunas relaciones que comenzaron como profesor y alumno terminaron transformándose, con el paso de los años, en amistades sinceras.

    Recuerda a alguno que nunca pudo con las matemáticas y hoy es un gran orador. A otros que todavía le dicen: “Usted me enseñó a contar jugando” o “Usted me enseñó a leer escuchando”.

    Y recuerda especialmente a uno que terminó invirtiendo los papeles:

    un estudiante que le enseñó a él a manejar.

    Porque después de tantos años, la escuela también termina siendo un lugar donde todos, de alguna manera, enseñan y aprenden.

    Una colcha hecha de muchas personas

    Para explicar lo que ha significado su paso por el Anuar Rivera Jattar, Humberto utiliza una imagen que atraviesa toda su reflexión:

    “Nuestra vida es una colcha de retazos”.

    Para él, las personas que pasan por nuestra historia siempre dejan algo.

    Por eso siente que lleva consigo un pedacito de los rectores, profesores, estudiantes y demás miembros de la comunidad con quienes ha compartido durante estos años: la alegría de unos, la constancia de otros y los aprendizajes que cada encuentro fue dejando.

    Pero su reflexión no termina en lo que recibió.

    También espera haber dejado algo de sí mismo en los demás:

    “Espero que, de igual manera, a cada uno de ellos yo le haya aportado un parchecito para crear su propia colcha de vida”.

    “Yo la escogí sin conocerla”

    Han pasado dieciséis años desde aquel 2010.

    Y quizá lo más sorprendente para Humberto sea descubrir cuánto de su propia vida quedó unido a aquella institución que alguna vez eligió sin saber exactamente qué encontraría.

    Lo expresa con sencillez:

    “Yo la escogí sin conocerla y ella me aceptó sin conocerme”.

    Después agrega una reflexión todavía más profunda:

    “Pienso que yo no fuera lo que soy sin ella, pero ella seguiría siendo igual sin mí”.

    Es su manera de reconocer cuánto ha recibido del lugar al que llegó durante aquel año de creciente.

    Y si pudiera encontrarse hoy con aquel joven que llegó en 2010, Humberto sabe qué consejo le daría.

    No escogería una fórmula pedagógica ni una recomendación sobre cómo enseñar.

    Recurriría al zorro de El Principito y a una frase que, después de tantos años, parece resumir también su manera de mirar al Anuar Rivera Jattar:

    “Solo con el corazón se ven las cosas importantes; lo importante es invisible a los ojos”.

    Quizás allí estén todos los retazos.

    La pequeña escuela rodeada de árboles y flores. Los caminos cubiertos por el agua. Las clases. Los distintos roles asumidos. Los estudiantes que aprendieron a leer y a contar. Los que se hicieron profesionales. Los compañeros. Las dificultades. Las amistades.

    Pedazos aparentemente distintos que, unidos por el tiempo, terminaron formando una misma historia.

    La historia anuarista de Humberto Orozco Vega.

    — Humberto Orozco Vega

    Historias que enseñan · Quinta entrega

  • De las aguas a las aulas: el recorrido de Julio César Villamizar González

    De las aguas a las aulas: el recorrido de Julio César Villamizar González

    Antes de enseñar Ciencias Naturales, Julio César Villamizar González conoció otra escuela: la del río.

    Caminó largas distancias para estudiar, cruzó las aguas del Magdalena, cambió durante un tiempo los cuadernos por las redes de pesca y trabajó durante una década como operario del acueducto de San Luis.

    Pero siempre encontró el camino de regreso a las aulas.

    Su historia comenzó el 27 de marzo de 1972, en el hogar de Cayetano Villamizar y Beatriz Elena González Núñez. Fue el primogénito de siete hermanos y creció en medio de limitaciones materiales, pero también rodeado de valores y respeto, dos elementos que él mismo reconoce como fundamentales en su formación.

    Muy pronto, el río cambiaría el rumbo de su vida.

    La creciente del 75

    En 1975, cuando Julio César tenía apenas tres años, la gran creciente del río Magdalena que afectó a San Luis Beltrán obligó a su familia a buscar un lugar más seguro.

    Sus pasos llegaron entonces hasta Plato, Magdalena.

    Una figura fundamental durante aquellos años fue Marlene Villamizar Villamizar, a quien Julio César reconoce como su segunda madre. Ella lo crio durante buena parte de su infancia, aproximadamente hasta los nueve o diez años, en el entorno familiar de sus padres, José María Villamizar Villamizar y Olga Villamizar.

    Sería precisamente Marlene quien, años después, volvería a desempeñar un papel decisivo en su historia.

    Para estudiar, primero había que llegar

    Sus primeros años escolares transcurrieron en el Colegio Kennedy, en el barrio Policarpa de Plato, bajo la orientación de las profesoras Helen Jaramillo y Amalfi.

    Allí cursó buena parte de la primaria, hasta que el deterioro físico del plantel obligó a interrumpir aquel recorrido. Terminó quinto grado en la Escuela Rural San Luis, bajo la orientación de la docente María Anaya De León.

    Después llegó la secundaria en la Institución Educativa Simón Bolívar de Tenerife, Magdalena.

    Pero asistir a clases no significaba simplemente levantarse cada mañana y caminar unas cuadras.

    Había trayectos a pie bajo el sol, recorridos por el río en el bote conocido popularmente como “El Lechero” y, posteriormente, viajes en el carro del señor a quien todos conocían como “Morrocoyo”.

    Antes de sentarse frente a un tablero, había que superar el desafío de llegar hasta él.

    Una bicicleta que significaba mucho más

    En medio de aquella rutina apareció uno de los objetos que Julio César conserva entre sus recuerdos más entrañables.

    José María Villamizar Villamizar le regaló su primera bicicleta.

    Para un estudiante que debía enfrentar largas distancias, aquella bicicleta era mucho más que un objeto de valor: significaba aliviar el camino y hacer un poco más cercana la posibilidad de continuar estudiando.

    Sin embargo, las dificultades económicas no desaparecieron.

    Cuando los cuadernos dieron paso a las redes

    La falta de recursos para cubrir los pasajes y la manutención llevó a Julio César a alternar sus estudios con la pesca.

    Hasta que llegó un momento en que ambas cosas resultaron difíciles de sostener.

    Mientras cursaba séptimo grado hizo una pausa en su formación y se trasladó al corregimiento de Nervití, Bolívar, donde se dedicó de lleno a la faena pesquera.

    Por un tiempo, los cuadernos quedaron a un lado.

    Llegaron las redes, las jornadas de pesca y una vida que parecía conducirlo por un camino distinto al que finalmente tomaría.

    El regreso a los libros

    Fue entonces cuando reapareció la mujer que había sido fundamental durante su infancia.

    Marlene, su segunda madre, insistió en que debía regresar a estudiar.

    Su apoyo y persistencia terminaron haciendo efecto. Julio César volvió a los libros y retomó una formación que, con los años, terminaría convirtiéndose en su proyecto de vida.

    Él mismo resume aquella travesía con una frase:

    “No hay corriente ni marea capaz de desviar a un alma destinada a la docencia cuando la gratitud y el amor le marcan el rumbo.”

    Diez años en el acueducto

    El 8 de diciembre de 1993 comenzó otra etapa de su vida.

    Julio César asumió como operario del acueducto de San Luis, trabajo que desempeñaría durante una década.

    Desde allí continuó construyendo aquello que años atrás había parecido tan difícil alcanzar: su formación profesional.

    Mientras trabajaba impulsó sus estudios de Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Ciencias Naturales y Educación Ambiental en la Universidad del Atlántico. Posteriormente realizó una Especialización en Didáctica y TIC en la Universidad de Cartagena.

    Y su formación no se detuvo allí. Actualmente cursa la Maestría en Recursos Digitales Aplicados a la Educación en la Universidad de Cartagena.

    Aquel muchacho que alguna vez tuvo que dejar temporalmente séptimo grado para dedicarse a la pesca había regresado definitivamente al camino de la educación.

    18 de julio de 2004: comienza otra historia

    El 18 de julio de 2004, Julio César llegó al Anuar Rivera Jattar.

    Comenzaba así una etapa que ya supera las dos décadas y que uniría definitivamente su historia personal con la de nuestra institución.

    En 2006, después de superar el concurso público de méritos, se vinculó formalmente al magisterio oficial colombiano.

    Desde entonces ha desarrollado su labor docente especialmente alrededor de las Ciencias Naturales y la Educación Ambiental, acompañada por el interés en la investigación pedagógica y el impulso de proyectos ambientales.

    Pero al salón de clases Julio César no llevó únicamente aquello que había aprendido en la universidad.

    También llevó consigo al niño desplazado por una creciente, al estudiante que recorría grandes distancias para llegar al colegio, al joven pescador y al trabajador que durante diez años conoció de cerca el servicio a su comunidad.

    De las redes a las aulas

    Hoy, cuando contempla la cercanía de su retiro institucional, Julio César mira hacia atrás y encuentra una trayectoria que ha estado profundamente ligada a la educación y a su comunidad.

    Su mayor satisfacción no está solamente en los títulos alcanzados.

    Está en algo mucho más cercano: ver convertidos en profesionales honestos a quienes alguna vez fueron niños y jóvenes sentados frente a él en un salón de clases.

    Son décadas de una historia construida entre dificultades, oportunidades, trabajo y educación.

    Y quizás por eso resulta inevitable volver al agua para comprenderla.

    El niño que tuvo que salir de San Luis Beltrán después de una creciente; el estudiante que cruzaba el río para poder estudiar; el joven que por necesidad cambió temporalmente los cuadernos por las redes de pesca; el hombre que trabajó durante una década en el acueducto…

    terminó haciendo de las aulas su lugar de vida.

    Desde aquel 18 de julio de 2004, una parte importante de ese recorrido también pertenece a la historia del Anuar Rivera Jattar.

    De las aguas a las aulas.

    Más que el camino hacia una profesión, ha sido el recorrido de toda una vida.

    — Julio César Villamizar González

    Historias que enseñan · Cuarta entrega

  • Robinson Martínez: el maestro que abrió camino

    Robinson Martínez: el maestro que abrió camino

    El 13 de febrero de 1995, Robinson Eloy Martínez Madera llegó al Anuar Rivera Jattar como el primer docente nombrado para el bachillerato. En aquel momento solo existían sexto y séptimo grado. Más de tres décadas después, “El Peker”, como cariñosamente lo conoce la comunidad, mira hacia atrás y descubre que buena parte de su propia vida también quedó escrita en la historia de esta institución.

    Cuando todo apenas comenzaba

    Para muchos es simplemente el profe Peker.

    Un apodo pronunciado con la naturalidad y el cariño que solo pueden construir los años. Pero detrás de ese nombre con el que lo reconocen estudiantes, egresados, compañeros y miembros de la comunidad existe una historia que comenzó hace más de tres décadas.

    Era 13 de febrero de 1995.

    Robinson Martínez llegaba al Anuar Rivera Jattar.

    Y no era una llegada cualquiera.

    Era el primer docente nombrado para el bachillerato de nuestra institución.

    En aquel momento solo existían sexto y séptimo grado.

    Pero entre las cosas que conserva en su memoria no están únicamente las condiciones propias de aquellos comienzos. Recuerda especialmente a los estudiantes y una alegría que se respiraba entre ellos.

    Había una razón.

    Para aquellos jóvenes, contar con los primeros grados de bachillerato significaba que finalmente podían continuar estudiando sin tener que salir de la población.

    Robinson recuerda aquella época marcada por una inocencia especial y por la felicidad de quienes comenzaban a tener nuevas oportunidades cerca de sus familias y de su comunidad.

    Mientras los estudiantes estrenaban bachillerato, él también comenzaba una historia que terminaría acompañándolo durante buena parte de su vida.

    Cuatro profesores y muchas materias por enseñar

    Durante aquella primera semana llegaron otros tres docentes: Sofía, Paul Ariza y Alfides.

    Ya eran cuatro.

    Y entre los cuatro tuvieron que repartirse las asignaturas.

    A Robinson le correspondió enseñar Ciencias Naturales, Artística y Educación Física.

    Hoy puede resultar curioso imaginar a un mismo profesor pasando de las ciencias al arte y luego a la educación física. Pero aquellos eran otros tiempos.

    El bachillerato estaba comenzando.

    Había que enseñar, organizar, acompañar y construir.

    Y ellos estaban allí para hacerlo.

    Sin saberlo, aquellos primeros docentes estaban participando en una etapa que años después sería parte fundamental de la memoria del Anuar Rivera Jattar.

    “El Peker” vio crecer la institución

    Desde aquel febrero de 1995 muchas cosas han cambiado.

    Robinson las ha visto.

    Ha visto transformarse la infraestructura y también ha visto renovarse lo que él llama el “material humano” de la institución.

    Ha visto llegar docentes y despedirse compañeros.

    Ha recibido estudiantes que luego se convirtieron en egresados.

    Ha visto pasar generaciones completas.

    Por eso resulta difícil pedirle que escoja un solo estudiante o un único compañero que haya marcado su vida.

    No puede hacerlo.

    Son demasiados nombres, demasiados rostros y demasiados momentos compartidos.

    «“Fueron muchos con quienes compartí cantidad de experiencias positivas para mi desarrollo personal y mi vida en general”.»

    Después de tantos años, una escuela deja de ser solamente el lugar al que se llega cada mañana a trabajar.

    También se convierte en el lugar donde transcurre una parte de la vida.

    No todos los días fueron fáciles

    Cuando Robinson mira hacia atrás, tampoco intenta presentar su recorrido como una historia perfecta.

    La docencia le ha dejado momentos difíciles. Algunos, en sus propias palabras, duros y amargos.

    Pero junto a ellos aparecen muchísimos otros llenos de alegría y significado.

    Así se construyen más de tres décadas dedicadas a enseñar: con días que se quisieran repetir y otros que seguramente se preferiría olvidar; con estudiantes que llegan y se van, compañeros que se convierten en amigos y experiencias que terminan enseñándole también al maestro.

    Quizás por haber recorrido ese camino durante tantos años, Robinson tiene una manera muy particular de referirse a quienes han compartido con él esta profesión:

    «“Son los guerreros más grandes que he conocido”.»

    Así habla de sus compañeros docentes.

    Mucho más que un trabajo

    Han pasado más de tres décadas desde aquel primer día.

    Aquel profesor que llegó cuando el bachillerato apenas tenía sexto y séptimo ha podido verlo crecer y transformarse.

    Y mientras la institución cambiaba, Robinson también construía aquí su propia historia.

    Su trabajo, sus relaciones, sus aprendizajes y una parte importante de su vida quedaron ligados al Anuar Rivera Jattar.

    Por eso, cuando se le pregunta qué ha significado pertenecer a esta institución, responde:

    «“Formar parte del Anuar Rivera Jattar ha sido para mí la base fundamental para mi desarrollo laboral, personal y social”.»

    Son palabras sencillas, pero adquieren otra dimensión cuando vienen de alguien que estuvo allí cuando el bachillerato apenas comenzaba.

    “Gracias, mis llaves”

    Al terminar de contar parte de sus recuerdos, Robinson hizo algo que quizá resume perfectamente su manera cercana de relacionarse con quienes lo rodean.

    Dio las gracias.

    Y lo hizo utilizando una expresión muy suya:

    «“De antemano les doy las gracias a ustedes, mis llaves, por abrir este espacio para sacar de mi interior este suceso de mi vida tan especial”.»

    Tal vez ahí está precisamente la razón de ser de Historias que enseñan.

    Detenernos por un momento y escuchar.

    Porque todos los días podemos cruzarnos con un profesor en un pasillo, saludarlo, conversar con él o verlo entrar a un salón sin imaginar todo lo que ha vivido durante su recorrido por esta institución.

    Robinson Martínez llegó al Anuar Rivera Jattar el 13 de febrero de 1995.

    Llegó cuando el bachillerato apenas comenzaba.

    Llegó como su primer docente nombrado.

    Con los años llegaron más profesores, nuevos grados y nuevas generaciones. La institución creció y se transformó.

    Y aquel profesor también fue construyendo aquí buena parte de su vida.

    Hoy muchos quizá no conocen todos esos detalles.

    Pero sí conocen al profe Peker.

    Y después de más de tres décadas, resulta difícil contar la historia del bachillerato de nuestra institución sin encontrar también un pedazo de la historia de Robinson Martínez.

    — Robinson Eloy Martínez Madera, “El Peker”

    Historias que enseñan · Segunda entrega