Etiqueta: Memoria institucional

  • Humberto Orozco Vega  Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega Retazos de una vida anuarista

    Humberto Orozco Vega escogió al Anuar Rivera Jattar sin conocerlo. Y, como él mismo reconoce, la institución también lo recibió sin saber quién era.

    Era 2010, un año que quedó marcado en la memoria de la región por una de las grandes crecientes del río Magdalena. En medio de aquellas aguas comenzó una relación que, dieciséis años después, Humberto reconoce como parte fundamental de su propia vida.

    Una escuela construida entre todos

    Humberto recuerda con especial cariño la institución que encontró cuando llegó.

    En su memoria aparece como una pequeña escuela de paredes limpias, rodeada de flores y árboles, con muchas canecas y poca basura. Un lugar que lo cautivó desde el primer momento.

    Era una institución más pequeña que la actual. Había menos aulasaulas, menos computadores y menos docentes, pero esa misma dimensión generaba una particular sensación de cercanía. Era una escuela casi artesanal, construida día a día con el aporte de todos, donde cada persona estaba dispuesta a asumir diferentes tareas y las puertas permanecían abiertas a la comunidad.

    Humberto la describe también con una expresión muy suya: una “escuela boutique”, pequeña y acogedora, donde todos hacían de todo.

    Y muy pronto descubriría que aquello de hacer de todo no era solamente una manera de hablar.

    Para llegar a enseñar había que atravesar el agua

    Su llegada coincidió con la creciente de 2010.

    Las vías estaban parcialmente cubiertas por las aguas y llegar hasta la institución se convirtió en toda una aventura.

    Humberto recuerda que durante el recorrido vestían pantalonetas y ropa ligera para atravesar los caminos inundados. Solo después de llegar a la escuela se cambiaban de ropa para entrar al aula y comenzar las clases.

    Con los años, aquel paisaje también cambió. Las vías fueron elevadas y pavimentadas, y varias aulas de primaria y bachillerato se construyeron sobre palafitos para enfrentar mejor las condiciones del territorio.

    Son recuerdos de una institución diferente, pero también de una comunidad acostumbrada a encontrar maneras de seguir adelante.

    Desde jardinero hasta vicerrector

    Si algo caracteriza la experiencia de Humberto en el Anuar es la cantidad de lugares desde los cuales ha vivido la institución.

    Él mismo lo resume con humor:

    “En esta institución he sido desde jardinero hasta vicerrector”.

    Entre ambos extremos hay una lista que parece resumir varias vidas dentro de una misma escuela: ha sido profesor de Educación Física, Artística, Matemáticas, Inglés, Informática, docente de primaria y, por último, profesor de Lengua Castellana en grado noveno.

    Incluso incluye entre sus funciones la de “ambulancia”, una de esas expresiones que retratan aquella dinámica en la que todos estaban dispuestos a asumir diferentes tareas cuando la comunidad lo necesitaba.

    Pero entre tantos cargos, áreas y experiencias, hay una que ocupa un lugar diferente en su memoria.

    El “castigo” que terminó siendo un premio

    Un día Humberto llegó a grado primero.

    Según cuenta, llegó allí “como castigo”.

    Y sobrevivió.

    Lo dice con humor y recuerda incluso que aquel año perdió cinco kilos. Pero detrás de la anécdota quedó una experiencia que terminó transformándose en uno de los recuerdos más satisfactorios de su vida como maestro.

    Años después, algunos de aquellos niños todavía se encuentran con él y le dicen:

    “Usted me enseñó a leer”.

    “Usted me enseñó a contar”.

    Y entonces aquel supuesto castigo adquiere otro significado.

    Humberto lo expresa mejor que cualquier explicación:

    “Fue el premio más grande que me dio la vida”.

    Cuando los estudiantes regresan convertidos en amigos

    No todos los momentos han sido fáciles.

    Humberto reconoce las dificultades propias de una profesión en la que, según sus palabras, hay que luchar constantemente por mantener una educación gratuita, pública y obligatoria.

    Sin embargo, cuando mira hacia atrás, descubre que los buenos recuerdos terminan superando a los difíciles.

    Estudiantes que en algún momento representaron grandes retos hoy regresan convertidos en profesionales. Algunas relaciones que comenzaron como profesor y alumno terminaron transformándose, con el paso de los años, en amistades sinceras.

    Recuerda a alguno que nunca pudo con las matemáticas y hoy es un gran orador. A otros que todavía le dicen: “Usted me enseñó a contar jugando” o “Usted me enseñó a leer escuchando”.

    Y recuerda especialmente a uno que terminó invirtiendo los papeles:

    un estudiante que le enseñó a él a manejar.

    Porque después de tantos años, la escuela también termina siendo un lugar donde todos, de alguna manera, enseñan y aprenden.

    Una colcha hecha de muchas personas

    Para explicar lo que ha significado su paso por el Anuar Rivera Jattar, Humberto utiliza una imagen que atraviesa toda su reflexión:

    “Nuestra vida es una colcha de retazos”.

    Para él, las personas que pasan por nuestra historia siempre dejan algo.

    Por eso siente que lleva consigo un pedacito de los rectores, profesores, estudiantes y demás miembros de la comunidad con quienes ha compartido durante estos años: la alegría de unos, la constancia de otros y los aprendizajes que cada encuentro fue dejando.

    Pero su reflexión no termina en lo que recibió.

    También espera haber dejado algo de sí mismo en los demás:

    “Espero que, de igual manera, a cada uno de ellos yo le haya aportado un parchecito para crear su propia colcha de vida”.

    “Yo la escogí sin conocerla”

    Han pasado dieciséis años desde aquel 2010.

    Y quizá lo más sorprendente para Humberto sea descubrir cuánto de su propia vida quedó unido a aquella institución que alguna vez eligió sin saber exactamente qué encontraría.

    Lo expresa con sencillez:

    “Yo la escogí sin conocerla y ella me aceptó sin conocerme”.

    Después agrega una reflexión todavía más profunda:

    “Pienso que yo no fuera lo que soy sin ella, pero ella seguiría siendo igual sin mí”.

    Es su manera de reconocer cuánto ha recibido del lugar al que llegó durante aquel año de creciente.

    Y si pudiera encontrarse hoy con aquel joven que llegó en 2010, Humberto sabe qué consejo le daría.

    No escogería una fórmula pedagógica ni una recomendación sobre cómo enseñar.

    Recurriría al zorro de El Principito y a una frase que, después de tantos años, parece resumir también su manera de mirar al Anuar Rivera Jattar:

    “Solo con el corazón se ven las cosas importantes; lo importante es invisible a los ojos”.

    Quizás allí estén todos los retazos.

    La pequeña escuela rodeada de árboles y flores. Los caminos cubiertos por el agua. Las clases. Los distintos roles asumidos. Los estudiantes que aprendieron a leer y a contar. Los que se hicieron profesionales. Los compañeros. Las dificultades. Las amistades.

    Pedazos aparentemente distintos que, unidos por el tiempo, terminaron formando una misma historia.

    La historia anuarista de Humberto Orozco Vega.

    — Humberto Orozco Vega

    Historias que enseñan · Quinta entrega

  • Su primer día comenzó con un regaño: la historia de Ludis Peña en nuestra institución

    Su primer día comenzó con un regaño: la historia de Ludis Peña en nuestra institución

    Hay primeros días que se recuerdan por los nervios, por conocer nuevos compañeros o por entrar por primera vez a un salón. El de Ludis Peña Álvarez comenzó con un regaño.

    Era 2009. Ludis acababa de llegar a la institución después de obtener su plaza mediante concurso de méritos. Al presentarse, el coordinador le llamó la atención porque no había llegado a su lugar de trabajo el mismo día de su nombramiento.

    Una anécdota que hoy forma parte de una historia que ya suma 17 años.

    La escuela que encontró

    La institución de aquellos años era diferente. Ludis recuerda espacios físicos más sencillos y una dinámica escolar que dependía mucho más de recursos tradicionales y manuales.

    Desde entonces ha sido testigo de cambios en la infraestructura, la tecnología y los procesos pedagógicos.

    También ha visto cambiar a los estudiantes. Hoy los encuentra más participativos, con acceso a una enorme cantidad de información y con un pensamiento muy dinámico. Sin embargo, después de tantos años frente a ellos, considera que hay algo que permanece:

    “Siguen conservando esa misma necesidad de ser escuchados, guiados y comprendidos”.

    El día de los totumos

    Entre los recuerdos que Ludis ha acumulado durante estos años hay uno que difícilmente puede olvidar.

    Ocurrió en 2013, cuando tenía a su cargo el grado segundo. Entre sus estudiantes había un niño repitente, de mayor edad que sus compañeros, que todavía presentaba dificultades para leer. Al niño no le gustaba entrar a clases y con frecuencia se escondía.

    Ludis comenzó entonces una pequeña rutina: preguntaba a los demás estudiantes si lo habían visto y, cuando le indicaban dónde estaba, salía a buscarlo para llevarlo al salón.

    El estudiante pronto se dio cuenta de lo que ocurría y cambió de estrategia. Comenzó a llegar tarde, procurando que sus compañeros no lo vieran y así evitar que la profesora saliera a buscarlo.

    Hasta que un día apareció después del recreo queriendo entrar al salón.

    Esta vez Ludis decidió no permitirle el ingreso.

    —No, señor. Usted hoy no va a entrar al salón. Usted nada más quiere entrar después del recreo —recuerda haberle dicho.

    El niño se fue hacia la parte posterior del aula, donde había unos palos de totumo. Tomó dos frutos y los lanzó desde afuera hacia los calados del salón.

    Los totumos se estrellaron allí.

    Y toda la masa terminó cayéndole encima a la profesora.

    Han pasado muchos años desde aquel episodio. Hoy forma parte de esas situaciones inesperadas que también ocurren en una escuela y que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en anécdotas imposibles de olvidar.

    Un grupo que dejó huella

    Entre tantas generaciones que han pasado por su salón, hay otra historia que Ludis recuerda especialmente.

    En una etapa posterior de su recorrido por la institución, recibió en primero de primaria a un grupo de niños con dificultades académicas y de comportamiento. Era un grupo que representaba un reto, pero Ludis decidió acompañarlo durante un proceso que terminó extendiéndose por tres años.

    Estuvo con ellos en primero, segundo y tercero.

    No fue un cambio inmediato. Hubo que orientar, insistir y confiar. Con el tiempo comenzó a observar mejoras tanto en su desempeño académico como en su comportamiento.

    Después llegaron otros grados, otros profesores y nuevas etapas. Aquellos niños siguieron creciendo dentro de la institución.

    Y el tiempo pasó.

    En 2025, Ludis tuvo la satisfacción de ver graduarse a aquellos estudiantes que años atrás había acompañado durante sus primeros grados de primaria.

    Para ella, aquel momento tuvo un significado especial: era encontrarse, muchos años después, con el resultado de un proceso en el que había intentado sembrar confianza y acompañarlos en una etapa importante de sus vidas.

    Las pequeñas cosas que hacen grande la docencia

    Cuando se le pregunta por los momentos más satisfactorios que ha vivido en la institución, Ludis no habla de grandes eventos ni reconocimientos.

    Prefiere recordar esos instantes cotidianos que ocurren dentro y fuera del salón: la mirada de un estudiante cuando finalmente logra comprender un concepto que le parecía difícil, escuchar un “gracias, profe” espontáneo o encontrarse años después con un exalumno que todavía recuerda con afecto su paso por su vida.

    Para ella, son esos momentos los que terminan confirmando que el esfuerzo ha valido la pena.

    “Lo que se siembra con amor siempre da fruto”.

    Compañeros que terminaron siendo amigos

    Diecisiete años en una institución no solamente dejan recuerdos de estudiantes y salones. También permiten construir relaciones que terminan trascendiendo lo laboral.

    Ludis habla con especial cariño de compañeros que, con el paso de los años, se convirtieron en amigos: personas con quienes ha compartido risas, momentos difíciles y buena parte de la vida cotidiana de la escuela.

    Entre ellos menciona a Luis Amador, Víctor Castañeda, Dayan Puccini y Elvira Tetay, a quienes considera grandes amigos y parte importante de su recorrido por la institución.

    En sus propias palabras, han sido “cómplices de risas, paños de lágrimas en los días difíciles y un apoyo incalculable en la labor diaria”.

    Si pudiera regresar a aquel primer día…

    Si Ludis pudiera regresar a 2009 y encontrarse con aquella docente que apenas llegaba a la institución —la misma que comenzó su historia recibiendo un regaño del coordinador— tendría varias cosas que decirle.

    Le diría que respirara profundo.

    Que no tuviera miedo de equivocarse, porque cada error terminaría convirtiéndose en una lección. Que disfrutara cada etapa sin afán, tuviera paciencia y confiara en su vocación.

    Pero, sobre todo, le recordaría que cada esfuerzo, incluso aquel que en determinado momento puede parecer pequeño, tiene la posibilidad de dejar una huella en la vida de un estudiante.

    Han pasado 17 años desde aquella llegada.

    Durante ese tiempo Ludis ha visto cambiar la institución, ha conocido distintas generaciones, ha enfrentado días difíciles y otros que hoy provocan una sonrisa; ha hecho amigos y ha podido ver convertirse en bachilleres a niños que alguna vez tuvo frente a ella en los primeros grados de primaria.

    Para Ludis, ser parte de esta institución ha sido también parte de su propio crecimiento.

    Aquí, asegura, ha crecido profesional y personalmente. Aquí ha entregado buena parte de sus mejores años. Y aquí encuentra la satisfacción de mirar atrás y sentir que su paso por las aulas ha valido la pena.

    Por eso, cuando le pedimos resumir en una sola frase lo que la institución ha significado en su vida, respondió:

    “Mi gran proyecto de vida hecho aula, amor y aprendizaje”.

    — Ludis Peña Álvarez

    Historias que enseñan · Primera entrega