Por Ester (seudónimo). Su identidad se mantiene reservada por solicitud de la autora.
Cuando alguien llamó a la puerta
En el colegio, una joven se sentía sola. Pensaba que sus amigos la despreciaban y que nadie la apoyaba cuando necesitaba ayuda. Con el paso de los días, esos sentimientos se hicieron cada vez más difíciles de llevar.
Una vez en su habitación, llegó a preguntarse para qué seguir viviendo si creía que a nadie le importaba. Estaba atravesando un momento de profunda angustia cuando escuchó unas palabras que la hicieron detenerse:
—¿Por qué piensas hacerlo? Yo te amo más de lo que imaginas. Eres muy valiosa para mí.
La joven quedó sorprendida. Sintió que no estaba tan sola como había creído y pensó en Dios, a quien podía acudir incluso en aquel momento.
Entonces alguien llamó a la puerta de su habitación. Era un amigo. Al verla, se acercó y la abrazó. Ella pudo contarle lo que había estado sintiendo. Él la escuchó y la acompañó para buscar el apoyo de un adulto de confianza.
Aquel día comprendió que hablar de su dolor era un primer paso para recibir ayuda. También recordó que, desde su fe, podía encontrar consuelo en Dios, y que había personas dispuestas a escucharla y permanecer a su lado.
Reflexión: Cuando nos sentimos solos o rechazados, no tenemos que enfrentar ese dolor en silencio. Podemos hablar con alguien de confianza y pedir ayuda. Una conversación y una presencia cercana pueden abrir una puerta en un momento difícil.


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